EL TEMPLE DE UNA MUJER

14 02 2007

Relato de Baldomero Arias MuñozEra un día de lluvia, de esos que no se puede salir al campo. Había ido a casa de mi madre y aproveché el momento para decir a mi padre que me contara algún caso de esos que le habían pasado. –Para qué quieres que te cuente tantas historias- me contestó. –Me ha dicho Juan Ramón, el de María Isabel la hermana de Emiliano, que escriba alguna cosa para la página de Internet del pueblo- le contesté. –Pues mira, el otro día me estuve acordando de algo que me pasó en el verano de 1970, en El Alcornocal y creo que te va a gustar- me contestó asintiendo con la cabeza.

-Hace muchos años, todos los veranos nos desplazábamos la familia entera, junto a la familia de la tía Encarna del tío Bernardino, a El Alcornocal a la recolección, a lo que llamamos hacer el verano- comenzó diciéndome, mientras mi Carlos y yo escuchábamos con atención. –No sólo íbamos nosotros, sino que llevábamos toda la casa encima, como se suele decir, incluidos los mulos que necesitábamos para el trabajo- siguió contando mientras recogía el piconcillo del brasero.

– Ocurrió que un día tenía los mulos en la era con los arreos puestos y enganchados al carro, listos para transportar unos costales de grano a la casa. Yo me subí al sillín del carro- paró su relato para tomar aire fresco, mientras nosotros le mirábamos con atención. –Una vez estaba caballero en el sillín arreé a los mulos … ¡kcla, kcla, clna, … arréééé!. Los mulos salieron andando con el carro las eras arriba hasta la salida a la carretera, … pero llegados allí, los mulos comenzaron a andar deprisa, sin saber por qué, y acabaron al galope sin que yo fuera capaz de hacerme con ellos. Cada instante que pasaba era peor, el carro iba más deprisa y era más difícil que yo pudiera hacerme con él. Pensé que si dios no mediaba, aquello no acabaría bien- siguió contando con un cierto nerviosismo.

– Ya dentro de las casas, a la altura del bar de la Macu, se encontraba en su puerta la tía Maria del tío Vicente y se dio cuenta de que los mulos iban desbocados, de que yo iba a merced de ellos sin que pudiera pararlos. No sé lo que pudo pensar la tía María, pero ella valientemente se puso delante del carro, ¡¡sóooooo, sóóóó´, sóóóóó´!!, gritaba a los mulos al tiempo que movía los brazos de arriba a abajo. Así una y otra vez, hasta que, jugándose la vida, de seguro, consiguió parar el carro … ¡si no lo veo, no lo creo!- acabó contándonos a mi Carlos y a mí.

-Me quedé en blanco sin saber que decir. Me resultó tan increíble que apenas tuve palabras para dar las gracias a la tía María- siguió contándonos. –Por la tarde, ya de noche, estando a la espera del jabalí, mi pensamiento rondaba sobre el caso que me había pasado y por mi mente corría la idea de qué tipo de fuerza interna debía haber mostrado aquella mujer, de qué clase de autoridad debieron ver en ella los mulos desbocados para que ante su presencia se pararan y obedecieran- acabó su relato.

Querido lectores, sólo me queda decir que estas son las mujeres que nos han precedido y dejado su buen hacer, … nuestras raíces. Mujeres discretas que sólo han vivido para su familia, sus hijos, y su trabajo tanto en el campo como en sus casas, mujeres que lo han dado todo a cambio de nada.

Baldomero Arias Muñoz


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