LA ÚLTIMA MANADA DE LOBOS

8 05 2007

LA ÚLTIMA MANADA DE LOBOS

(contado por Teobaldo Fernández Arias)

-Actualmente, en esta España industrializada los lobos son objeto de defensa por parte de aquellos que ven la posibilidad de que esta especie pueda llegar a desaparecer; quizás este pensamiento sea bastante acertado- comenzó diciendo Teobaldo mientras los allí presentes prestaban atención.

-Pero no era así en los años 40 en Fontanarejo. Donde las familias vivían sólo de la cría de ganado y de la agricultura. En esta época la producción era pobre por la falta de piensos, la falta de establos, la falta de medicamentos, la falta de compradores, sólo se comercializaba la carne, etc., sino que además, existían manadas de lobos que campaban a sus anchas por las sierras de nuestro pueblo y que diezmaban los rebaños de ovejas y atajos de cabras,- siguió contándonos a todos los que estábamos sentados en la mesa con él. –No hace falta ni comparar las épocas para observar que las necesidades de unos y otros son totalmente distintas, así como los intereses. Creo que aquello estaba más que justificado- contesté yo dirigiéndome a los allí presentes.

-Os hablo de aquella época en que los cabreros eran Domingo, Silvestre, Bernabé, Prudencio, Julio y José Natalio, entre muchos otros- qué tiempos aquellos … apenas les conocimos contestó Gregorio García, también un asiduo a la peña. –Pues bien, estos cabreros se reunieron para dar una solución al problema que tenían con sus atajos. El acuerdo al que llegaron fue hablar con mi tío Sotero Arias Muñoz, alcalde en aquella época, y solicitar permiso para envenenar a los lobos- pues me parece que fue acertado contestó alguien que estaba siguiendo el relato desde la barra del bar. -Mi tío Sotero, dio su permiso. Y los cabreros decidieron poner la empresa en manos de algunos expertos cazadores y alimañeros que por entonces había en nuestro pueblo. Lo pusieron en manos de mi tío Victorino Muñoz, mi abuelo Agustín Arias y el tío Mellizo- pues no pensaron mal contestó Ángel, el hermano de Isidro, que había llegado de Madrid y se encontraba con nosotros.

 

-Estos cazadores, expertos en el tema decidieron, a su vez, envenenar a esa manada. Pues con la escopeta nunca acabarían con ellos. Buscaron como querencia principal de la manada el paraje de Huerto Malo, cercano al Jarray– buen sitio contesto el tío Mero más pendiente del relato que de la partida al dominó que estaba jugando en la mesa del lado con Pepe el boticario.

 

-Allí amarraron una borrica de poca valía, poco menos que en estado terminal, y la ataron a una madroña. No había ni comenzado a caer la tarde cuando la manada compuesta de unos diez o doce lobos y lobas se descolgaron raudos por la solana del Jarray hasta donde se encontraba el animal y sin pensarlo dos veces se liaron con ella hasta que la mataron y medio se la comieron- menudos son esos animales, contestó Pepe el boticario que también estaba ya pendiente del tema por lo interesante del relato.

-A todo esto, los alimañeros se habían apostado en el cerro del Laerón para observar el comportamiento de los lobos. Una vez éstos abandonan a la borrica, el tío Victorino y mi abuelo Agustín cogieron lo que quedaba de la borrica y envenenaron los restos- pues no está mal, vaya chasco que se van a llevar cuando vuelvan como decía mi tío Bernardino Arias, le dije yo que no había abierto la boca desde el principio. –Previamente habían pasado el recado a todos los ganaderos de que ataran los perros en las majadas hasta nueva orden por miedo a que pudieran ellos también ser envenenados- siguió.

-Al día siguiente, de nuevo, los alimañeros se apostaron en el cerro del Laerón a observar la manada. Poco antes de caer la tarde ya estaban los lobos descolgados desde la solana del Jarray dirección a la borrica que habían dado muerte el día anterior. No tardaron en ponerse a comer los restos hasta que se acabaron- pues habían apañado ya, contesto Florisio, casi seguro del desenlace.

-Aún quedaban algunos lobos terminando la carne cuando otros ya se dirigían hacia el arroyo de la Canaleja a beber agua. Allí tenían su fin, pues al mezclar el veneno con el agua, rápidamente quedaban afectados por el veneno. Los lobos fueron muriendo poco a poco. Uno vino a morir al paraje Cerca Grande, muy cerca de las casas del pueblo- aquello fue como la purga Benito, contestó desde la otra punta Florencia Arévalo que también estaba pendiente del relato.

A partir de esta escabechina, por llamarlo de alguna manera, dejaron de verse manadas de lobos, aunque sí llegaron a verse algunos ejemplares sueltos de vez en cuando. Los ganaderos comenzaron a respirar algo más tranquilos.

Sería ya en los años 60 cuando el tío Mero, desde la cámara de su casa recién estrenada, junto al pilar del pueblo, daría muerte al último lobo llamado Pata Seca, que se recuerda en nuestro pueblo.

Baldomero Arias Muñoz

(marzo, 2007)


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