LAS BODAS DE ANTAÑO EN FONTANAREJO: «A LA IGLESIA Y A LA MESA»

29 09 2007

Justo Muñoz Fernández

Las bodas, junto con los preparativos y el ceremonial que conllevan, han cambiado mucho en estos últimos años. Este verano contemplábamos en el Centro Cultural de Fontanarejo una singular exposición sobre «Ajuares y trajes de novia» con la que pudimos echar la vista atrás y vernos tal cómo éramos a la hora de casarnos en nuestro pueblo. Es evidente que estos cambios son aún mayores en los municipios más pequeños de nuestra provincia en los que los tiempos modernos se han llevado por delante el ancestral costumbrismo de antaño. Aquellas tradiciones nupciales comenzaban con la cuidada exposición de los laboriosos ajuares en casa de la novia, que tenía lugar unos días antes del casamiento, pasando por la cálida invitación, que llevaba a cabo personalmente el novio acudiendo a cada hogar la víspera del día del enlace, hasta el regusto de las desaparecidas «tornabodas». Todo ello, junto con la elaboración casera de los dulces, el chocolate o la caldereta, marcaban un entrañable acontecimiento festivo local cada vez que alguien le daba por casarse.

Hasta hace nada, en los pueblos de Los Montes, como Fontanarejo, Arroba, Alcoba, Navalpino etc. una boda traía consigo todo un ritual que arrancaba, como he dicho, días antes de la unión con la muestra del ajuar en casa de la novia. Unas ropas, (manteles, colchas, sábanas, toallas, pañuelos, etc. que habían sido primorosamente cortadas, cosidas y bordadas artesanalmente pespunte a pespunte, hilo a hilo, hora a hora, año tras año. El vecindario acudía para ver tan singular catálogo y para agasajar a la vecina que se casaba obsequiándola, a menudo, con media libra de chocolate o con una docena huevos, que se utilizarían para elaborar los ricos dulces del posterior convite.

El que a alguien le convidaran a una boda suponía todo un acontecimiento que conllevaba al menos una jornada o dos de asueto en la que, dependiendo de la época del año, los invitados paraban las faenas del campo o de la casa …no se uncían las yuntas en las besanas, dejaban los carros, frenaban la recolección de la aceituna o del grano, se buscaba un pastor sustituto para que se quedara en las majadas al cargo de las cabras o de las ovejas, se posponía la matanza del cerdo etc. etc.

La víspera del esperado desposorio, a eso del atardecer, el novio y su séquito, formado por el padrino y algún primo u otro familiar, iba invitando a la boda y lo hacía de casa en casa. Tras llamar a la puerta con un interrogante…¿Quien hay?, se respondía desde dentro con un desahogado …«pocos», y allí que entraba toda la comitiva hasta la cocina donde la familia estaba al rededor de la lumbre. El novio tomaba entonces la palabra …«Tengo el gusto de invitar a todos para que nos acompañen a la iglesia y a la mesa», decía cuando se trataba de la familia más allegada. Si eran simples parientes más alejados o amigos, pues se restringía la invitación «a los mozos de la casa», o al «mayor de la casa». En fin, que la invitación era el secreto mejor guardado hasta que lo revelaba, y en riguroso directo, el señor novio.

Esa misma víspera por la noche, y cuando ya los gañanes terminaban de apacentar a las vacas en sus pesebres y habían soltado a los animales al corral, se celebraba la denominada «Media», un viejo y desaparecido ritual con el que los mozos del pueblo despedían al vecino que dejaba el estado de soltería. La puesta en escena de tan singular acto se llevaba a cabo con un riguroso ceremonial que tenía como escenario el salón del pueblo y en el que únicamente participaban los hombres solteros de la localidad. El resto o asistía como espectador o simplemente se quedaba en su casa. Tan tradicional despedida consistía en sentarse todos los participantes formando un amplio corro. Oficiaban el acto el denominado «alcalde de medias», cuyas decisiones y órdenes cumplían los asistentes a pies juntillas, y dos alguaciles. Estos últimos, por riguroso orden, iban dando a cada uno de los presentes un vaso de vino y un «repisco» de «sobao», una modalidad de pan riquísimo elaborado para la ocasión. Cuando le llegaba el turno del brindis a cada uno de los congregados se ponía de pie y, de manera respetuosa y solemne , se dirigía al futuro esposo para decirle …« Señor novio, que sea para bien y muchos años, en compañía de la señora novia, los padres de usted, los padres de la señora novia y todas las personas que usted bien quiera». El prometido contestaba con un escueto «Gracias», tras el que seguía brindando uno por uno. Al terminar, se ponían todos en pié y, tras descubrirse quien llevara gorra o sombrero, se acababa rezando por los difuntos. Un emotivo instante que concluía con tres «padresnuestros y tres avemarías por el primero que falte de la compañía».

Las bodas se celebraban, por aquel entonces, todas en la iglesia del pueblo en la que el sacerdote, que ya había hecho públicas semanas atrás las correspondientes «amonestaciones», preguntaba a los feligreses si alguien sabía de algún impedimento para que no pudiera llevarse a cabo el enlace. En mi pueblo, el tío Victoriano, un campechano y querido sacristán, solía contestar en voz alta con un sonoro…« no sabemos nada», y el cura seguía entonces con la liturgia nupcial.

Tras la ceremonia, los nuevos esposos y la comitiva de invitados se dirigían a la casa del novio en la que se servía el convite,- si eran muchos los invitados se ocupaban otras casas de vecinos o parientes-, y el refrigerio consistía en un exquisito y espeso chocolate degustado en preciosas jícaras de porcelana y acompañado con artesanales pastas, rosquillas y flores cocidas en el horno o fritas en la sartén y a la lumbre. Muchos de los asistentes solían apartar alguno de estos dulces y los envolvían en el pañuelo para que los pudieran catar los que no habían sido invitados. Al terminar el refrigerio se solía hacer baile que, en un principio, tenía como escenario el mismo portal de la casa donde se había celebrado el convite y, un tiempo después, los de Fontanarejo bailábamos en el salón del tío Telesforo.

Los familiares y amigos más cercanos acudían también a la cena que se servía con motivo del casorio y en la que se solía degustar una exquisita caldereta de cabrito o un guisado de carne de oveja. Al día siguiente de los esponsales se seguía de fiesta con la denominada «tornaboda» que disfrustaban sólo los más allegados.

Acabados los fastos, el nuevo matrimonio solía quedarse a vivir en casa de los padres del novio. Y al día siguiente, al tajo: El flamante marido, al campo o a cuidar del ganado y la nueva esposa, a lavar al arroyo. Esos solían ser los «viajes de luna de miel» que disfrutaban nuestros antepasados en un tiempo no tan lejano.

Hasta aquí estas líneas que han pretendido dar un poco de cuerda al recuerdo precisamente ahora que nos encontraremos gentes de Fontanarejo, de Arroba, de Alcoba y de otras poblaciones para celebrar, hoy sábado, la boda de Eva y Raúl, aquí en la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Prado en Ciudad Real. Un enlace en el que además de desear lo mejor al nuevo matrimonio, servirá para recordar a nuestros padres, abuelos y antecesores en aquellas antiguas ceremonias nupciales llenas de una peculiar tradición y de un secular costumbrismo que, con el paso del tiempo, forman ya parte de nuestra memoria colectiva y de nuestra historia más reciente.

Lo dicho, pareja, «que sea para bien y muchos años»


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2 responses

16 10 2007
Juli

Creo conocer alguna persona de esta foto pero siento curiosidad y me gustaría saber quienes son. Por cierto estan muy guapetonas.

24 09 2009
UN FONTANAREJEÑO AUSENTE

ESTAS DOS INSTÁNTANEAS QUE NOS TRASLADAN A LAS BODAS DE ANTIGUAMENTE EN NUESTRO PUEBLO NOS PRESENTAN DOS ASPECTOS IMPORTANTES SOBRE LA CEREMONIA NUPCIAL Y SOBRE EL CONVITE QUE SE OFRECÍA A LOS INVITADOS A LA BODA: 1) LOS NOVIOS SE CASABAN DE UN RIGUROSO VESTIDO NEGRO.2) LOS DULCES QUE SE SERVÍAN A LOS ACOMPAÑANTES CONSISTÍAN, COMO SE APRECIA EN LAS BANDEJAS, EN LAS TRADICIONALES FLORES, LAS RIQUÍSIMAS PASTAS Y EL TÍPICO CHOCOLATE QUE SE SERVÍA EN LAS ENTRAÑABLES JÍCARAS QUE SE VEN EN LA BANDERA DEL FONDO.

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