MEDIO SIGLO DE UN TEJAR ARTESANO EN FONTANAREJO

5 10 2012

Ramona Castellanos Escribano cumple 91 años y ha dedicado parte de su vida a fabricar tejas, ladrillos y baldosas que lucen o cubren las viviendas de nuestro pueblo.

Justo Muñoz Fernández

Ramona Castellanos Escribano salta hoy la barrera de los noventa en su longeva vida. A sus 91 años, que estrenó la pasada media noche, sigue siendo una mujer activa, afable y cordial. La tía Ramona trabajó desde que era una niña en su tejar de Fontanarejo desde los años treinta del pasado siglo. Antes la familia, procedente de Miguelturra, había fabricado las tejas de manera intermitente en varias instalaciones alquiladas en el municipio. La producción quedó interrumpida al cesar su actividad alfarera en el año 1972. Ahora, ya jubilada desde hace años, Ramona dedica buena parte de su tiempo a tejer prendas artesanales para la familia y amistades con la técnica del punto con agujas, el ganchillo y el punto de cruz.

Rememorando los duros años en los que el tejar familiar estaba a pleno rendimiento, Ramona recuerda como el ciclo del trabajo anual se cerraba a finales del mes de septiembre y arrancaba en los meses de febrero y marzo, “meses en los que acarreábamos con los burros entre 500 o 600 cargas de leña para poder “alimentar” el horno en el que se cocían las tejas, los ladrillos y las baldosas. Yo ayudaba en esas tareas haciendo “lazos” de jara con el “garabato”. En el mes de abril iniciábamos los preparativos para elaborar las tejas: cavar la tierra, cernerla con la criba y el harnero y, después, echarla en una gran pila que teníamos junto a la higuera y que llenábamos a base de verter unos 50 cubos de agua que sacábamos del pozo. Una vez allí, se pisaba y amasaba toda la mezcla hasta tener una masa compacta. El siguiente paso era ir elaborando las tejas con un molde que llamábamos “galápago” y se iban colocando una a una todas en la era. Se trataba de un espacio totalmente llano, recubierto de ceniza y abierto, en el que se quedaban las tejas tiernas varios días hasta que se secaban antes de pasar al horno. Yo recuerdo, siendo una cría, que aprovechaba mientras se iban oreando para hacer ganchillo o punto. El problema llegaba cuando le daba por llover y el agua nos deshacía toda la “parva” de tejas”, indica Ramona con un recuerdo desolador.

Esta fontanarejeña va desgranando pausadamente como ponían a punto el horno en el que se colocaban por riguroso orden primero los ladrillos, luego las tejas y depués las baldosas. “La boca del horno se sellaba con adobes elaborados con barro y paja -explica explica con detalle esta artesana del barro- y allí se quedaban al menos una semana cociéndose lentamente. Durante todo ese tiempo la familia hacíamos guardia, por turnos, y nos turnábamos en la boquilla del horno atizando noche y día para que no bajara la temperatura”.

Una vez que “los tejeros” tenía listo el material, las baldosa, los ladrillos y las tejas se ponían a la venta. Una comercialización que, en no pocas ocasiones, se realizaba por el viejo y entrañable sistema del “trueque”. Es decir, muchas familias se llevaban los productos alfareros y los pagaban posteriormente con fanegas de trigo cuando se recogía el cereal en las eras, allá por los meses de julio y agosto.

El duro trabajo manual de pura alfarería artesanal se vio aliviado en el año 1962 cuándo la familia adquirió un motor que mecanizaba parte del proceso al tener molino, galletera y amasadora. Los trabajos, no obstante, seguían siendo duros y difíciles.

Han pasado los años y muchos tejados de las casas, las tenadas, los pajares y los corrales del municipio permanecen cubiertos por las miles de tejas que salieron en su día de la vieja fábrica artesanal de Ramona y su familia, hoy ya abandonadas y en desuso.  Son testigos mudos e impasibles de un tiempo pasado en el que el barro y la tierra eran el sustento para la mayoría de las familias de Fontanarejo.

Precisamente la Asociación “Amigos de las Luminarias” de Fontanarejo  reconoció hace tres años la trayectoria laboral, humana y artesanal de Ramona Castellanos a quien entregó el galardón “Romera Cencía”, un premio con el que la citada entidad distingue anualmente a entidades personas e instituciones. Se premiaba el perfil de una fontanarejeña enamorada de las tradiciones locales que cada año monta un singular altarcillo a la puerta de su casa para la procesión del Corpus, enciende una espléndida “luminaria” cada 30 de abril al atardecer o canta el mayo en la Cruz. Ramona Castellanos es una ciudadana cumplidora con el tiempo y con la historia que, cuando ya sube el primer peldaño de las escaleras del siglo, es un archivo viviente a la hora de recordar tiempos pasados de la historia, del costumbrismo y de la gastronomía local. Ramona, entre otras habilidades culinarias, ha hecho siempre una deliciosa “candelilla”, un singular dulce de la zona elaborado con miel y “pestiños”.

Esta nonagenaria emplea ahora su tiempo, en el día a día, confeccionando prendas y utensilios elaborados con hilo, con lana y con una gran maestría artesana. En su casa, donde vive con sus hijos Carmen e Inocente, luce muchas de estas obras y otras muchas que han viajado a Mallorca, donde vive otro hijo de Ramona. Se trata, sin duda, de una rica artesanía que, junto con los miles de tejas que techan decenas de construcciones en Fontanarejo, perpetuarán su memoria. !!Felicidades, tía Ramona!!


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One response

5 10 2012
Isabel Rosa

Muy interesante la información sobre el tejar de la tia ,persona por la que siento verdadera admiracin.Felicidades por eso 91 año!!!! Isabel Rosa

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