UN INTENSO CHAPARRÓN REGISTRADO EL PASADO 28 DE AGOSTO HIZO RECORDAR LA TREMENDA NUBE QUE, EN ESA MISMA FECHA DEL AÑO 1952, SACUDIÓ FONTANAREJO

8 09 2017

SE CUMPLÍAN 65 AÑOS DE LA FUERTE TORMENTA, ACOMPAÑADA DE VENDAVAL Y PEDRISCO, QUE VOLCÓ CARROS, ROMPIÓ TEJAS, MATÓ AVES, DESTROZÓ HUERTOS Y DAÑÓ OLIVOS

El pasado 28 de agosto amaneció en Fontanarejo con un cielo cerrado que amenazaba lluvia. El chaparrón que cayó a primera hora de la mañana, y el posterior “champlazo” que descargó pasado el medio día, hizo que los fontanarejeños recordaran con más intensidad la estremecedora nube del 28 de agosto del año 1952. Se cumplían 65 años de aquella fecha en la que el miedo y el desconcierto cundió entre el vecindario. La coincidencia de otro fenómeno meteorológico aparatoso en un día tan señalado activó sin duda el recuerdo, sobre todo entre los más mayores, de aquella desconcertante jornada del año 1952 que entre el vecindario se conoce ya como “la nube del 28 de agosto”.

El intenso chaparrón caído hace unos días en nuestro pueblo, que coincidía con la recordada fecha de antaño, hizo correr abundante agua por las calles, regueros y cunetas pero, afortunadamente, no hubo que lamentar daños personales ni materiales, como sí ocurrió antaño. En esta ocasión, según cuentan algunos paisanos, el agua vino bien para la tierra, para el monte y para el arbolado tras un largo periodo de sequía.

Como ya se escribió en este blog tiempo atrás, un 28 de agosto de hace 65 años “un fuerte aguacero, que duró apenas quince minutos, irrumpió acompañado de un virulento pedrisco y de un fuerte viento que arrastró carros cargados de mies, volcó aventadoras/limpiadoras, levantó tejas, mató cientos de aves, destrozó olivos, arrasó huertas, machacó melonares y dañó considerablemente el arbolado y el monte autóctono allá por donde pasó. Un vecino del pueblo, Trinidad Pavón Fernández, quedó atrapado debajo de un carro cargado de haces de trigo y pudo ser rescatado cuando estaba casi asfixiado. Fontanarejeños que vivieron tan fatídica jornada aún recuerdan la renombrada nube del 28 de agosto como “lo nunca visto”. Una inscripción, grabada a mano en uno de los históricos corrales de ganado del municipio recuerda la aciaga fecha:” 28.8.1952”.

El diario LANZA de Ciudad Real recogió un reportaje publicado hace ahora 6 años y que se adjunta con estas líneas, en el que algunos paisanos nuestros narraron sus vivencias en tan sobrecogedora fecha. Contaron, entre otras cosas, que “el día ennegreció de tal manera que se hizo como de noche. Y, de repente, cayó una tromba de agua y pedrisco como nunca se había registrado en el lugar. Con tal fuerza y magnitud arreció la tromba y, sobre todo, el granizo que muchos troncos de olivos quedaron dañados durante aquéllos interminables y angustiosos minutos. Lo nunca visto”.

J. Muñoz

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DECIMOCUARTA “CARROLA”: AURORA Y OCASO DE UN FAUSTO DÍA

1 06 2017

La familia de don Miguel Crespo Baena, ilustre y estimado maestro, asiste al anual encuentro de la “Carrola”.

 

Un brumoso orto del veintisiete  de mayo auguraba día tormentoso.  El presagio se difuminó conforme avanzaban las horas, dando paso a una espléndida jornada.

Otro año más, y van catorce,  la Asociación Amigos de las Luminarias cumplió con el ritual celebrando el encuentro donde la degustación de la gastronomía autóctona y el debate tertuliano  se funden enriqueciendo a los asistentes.

Este año los invitados han sido los familiares de don Miguel Crespo Baena, recordado maestro en Fontanarejo de los Montes, porque como decimos aquí: “Dejó buen rastrojo”. Compartimos mesa y tertulia con su esposa, la fontanarejeña, Elisa Fernández Sánchez, sus hijos Carmen y Martín Ángel, también fontanarejeños, y otros familiares.

El escenario tuvo lugar en la dehesa boyal, en el paraje denominado “Cañá la Laguna”. Comenzamos la reunión con un brindis, por Fontanarejo de los Montes y por su pueblo Fernán-Núñez, auspiciado por Pedro, yerno, de don Miguel. Para ello nos sirvió un vino típico de la Campiña Cordobesa envasado en botellas personalizadas y que bebimos en copas igualmente personalizadas con un diseño alusivo al encuentro. Un detalle que le agradecimos por su gentileza. El ágape consistió en una deliciosa caldereta de chivo acompañada del respectivo “revientalobos”. Todo ello, como siempre, realizado con excelente maestría por Ceferino Muñoz. A los postres degustamos dulces variados, destacando una tarta típica de Fernán-Núñez.

Tras la comida, comenzó una animada e interesante tertulia donde Elisa y sus hijos evocando recuerdos nos comentaron cómo llegó don Miguel a nuestro pueblo. Corría octubre de 1946 cuando salió de su pueblo natal Fernán-Núñez con destino Fontanarejo de los Montes. El  viaje fue una odisea. Una vez que llegó a Ciudad Real por tren, viajó en camión por carretera en su mayor parte de tierra hasta Alcoba de los Montes y de aquí partió hacia Fontanarejo de los Montes en una mula por caminos y veredas  a través de sierras. Cuando llegó a su destino, escribió una carta a su madre donde le decía que aguantaría hasta Navidad pues anhelaba volver a su tierra. También le hablaba, en la referida carta, sobre las gentes de este pueblo como personas buenas y amables, muy sencillas, pobres y generosas. Permaneció en Fontanarejo de los Montes hasta 1957. Aquí conoció a Elisa con quien se casó en 1949 creando una familia.

Algunos de los asistentes a la tertulia fueron alumnos suyos y todos le recuerdan con cariño y como un maestro ejemplar.

Don Miguel siguió el magisterio en su pueblo natal Fernán-Núñez, pero nunca perdió la relación con Fontanarejo de los Montes donde tenía su familia política. Las visitas eran difíciles por las deficiencias en el transporte. El viaje duraba dos días desde Fernán-Núñez a nuestro pueblo. Pese a estos inconvenientes, mantuvieron vínculos permanentes que a lo largo de los años se han incrementado con los habituales encuentros entre amigos de ambos pueblos.

Tras la tertulia, a los huéspedes se les impuso el pañuelo verde, símbolo de las ancestrales Luminarias, y se les entregó un pergamino con la historia de nuestro lugar. Acto seguido, los agasajados firmaron en el libro de honor de la tertulia la “Carrola”.

En horario vespertino, recorrimos algunos parajes de la dehesa: el Cerrillo Alto, el Soto y la “Cañá Primera” deleitándonos con tan singular paisaje y de la diversidad de su flora.

Al  ocaso del día degustamos una parrillada de chuletas acompañadas de buen vino y animada conversación con nuestros distinguidos invitados y en especial la Tía Elisa, nonagenaria, en plenas facultades y a la que todos admiramos. Nos aguantó hasta el final de la noche. Nos despedimos gozosos de haber pasado un día afortunado.

Juan Manuel Gómez Fernández

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LA ASOCIACIÓN “AMIGOS DE LAS LUMINARIAS DE FONTANAREJO” REMEMORA LA VIDA PASTORIL CON UNA EXPOSICIÓN Y UNA TERTULIA

29 08 2016

LA MUESTRA PRESENTÓ VARIOS PANELES EXPLICATIVOS, ASÍ COMO UTENSILIOS USADOS EN LAS MAJADAS; Y TAMBIÉN SE CELEBRÓ UNA TERTULIA CON PASTORES DE NUESTRO PUEBLO

 

El Centro Social Polivalente de nuestro pueblo acogió hace unos días la exposición ‘La cultura y el arte pastoril en los Montes de Toledo’, una muestra promovida por la asociación “Amigos de las Luminarias de Fontanarejo”, dentro del II Encuentro Cultural de Verano 2016.

Los paneles explicativos, que se colgaron en las paredes del citado recinto  municipal, mostraron durante los tres días que estuvo abierta la muestra, una secuencia del oficio de pastor. Además de los cuadros, se colocaron una serie de utensilios pastoriles, aportados por fontanarejeñ@s, tales como el típico capote, los inconfundibles calderos, las tradicionales delantales de cuero, las apreciadas aceiteras, las útiles tijeras de esquiar, las entrañables merenderas de corcho, los sonoros cencerros, los sabrosos saleros etc. El día de la inauguración se llevó a cabo también una interesante tertulia sobre experiencias ganaderas en el mundo del pastoreo en la que intervinieron pastores ya jubilados de Fontanarejo y otros que ejercen esta profesión en la actualidad.

La exposición, organizada en la pasada primavera por la Asociación Cultural Montes de Toledo, estuvo comisariada por Jaime Gallardo Alamillo y en la muestra colaboraron los alumnos del Máster de Patrimonio Histórico de la UCLM. En los paneles se explica desde las tareas que se llevaban a cabo en las majadas, pasando por los chozos donde se dormía y se vivía; hasta los utensilios, herramientas y detalles del trabajo pastoril.

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Los madroños marcan el paisaje prenavideño de Fontanarejo

10 12 2013

 

 

El color rojo de los madroños salpica estos días muchos rincones y parajes de nuestro pueblo, ofreciendo un peculiar y atractivo colorido para los vecinos y para los visitantes que salen al campo. Durante el pasado “puente” de la Constitución y de la Inmaculada, en los que el sol ha brillado con intensidad en las horas centrales del día y el frío se hacía notar fuerte durante la noche, daba gusto pasear por muchos lugares del término municipal fontanarejeño en los que las verdes madroñas estaban “cargadas” de un fruto que colorea y que marca el típico paisaje en muchos montes, trochas, morros, cuerdas, barrancos y valles de Fontanarejo en estas fechas ya prenavideñas. Los Arroyuelos, las Camachas, Los Chapiteles, La Graja, Los Barranquillos, Valdeja, Los Valles  etc. etc. presentan en muchos de sus tramos una estampa muy plástica, ideal para la fotografía, con el inconfundible color rojizo de los madroños ya maduros y del amarillento en los menos sazonados. Hay que recordar, por otro lado, que en nuestro pueblo hay hasta un paraje conocido como “La Madroña”. Por algo será.

J.Muñoz





LOS GAÑANES: VIDA Y MIES EN LAS ERAS DE ANTAÑO EN FONTANAREJO

19 08 2012

Entre las extenuantes faenas de la era, todas de extrema dureza, sacar la mies aventajaba al resto con diferencia. La realizaban los gañanes, personas fuertes y jóvenes, generalmente los mozos de la familia.

Los gañanes dormían, por norma, en la era para cuidar la yunta. De madrugada, con la aparición de las Cabrillas en el cielo, salían con los carros: de vacas o de mulas camino del corte. Durante el trayecto, que duraba según la lejanía de aquel, el gañan dormitaba subido en su carro. Cuando llegaba al “piazo” (suerte), recogía los haces y cargaba el carro. Cansado y somnoliento volvía a la era guiando con maestría, “injá” (aguijada) al hombro, a su yunta por el polvoriento carril.

Era espectacular ver la llegada de las yuntas comidas de moscas, sudorosas y nobles. A paso lento, deshacían cansadas y anhelantes de rodeo la ruta de vuelta. Se formaban, a veces, hileras de varias decenas de carros, todos bien cargados y con los haces trabados por la llave y la maroma atada al torno del carro. Había, en ocasiones, un mensaje subliminal en los carros mejor cargados y con más vueltas (capas de haces superpuestos). Un escaparate donde exhibían sus capacidades, ante la amada o la familia de de la misma, los mozos en amores. Muchas veces esto salía mal, pues los carros cuanto más vueltas se cargaban más estabilidad perdían y, claro, se corría el riesgo de volcar. Cuando se producía un vuelco el protagonista sufría una pequeña “humillación”. Se decía que fulano había puesto un molino. En estas ocasiones, se mostraba la solidaridad entre la gente de Fontanarejo. El resto de gañanes ayudaban al “molinero” a poner en orden el desaguisado. Entre todos levantaban el carro volcado y le cargaban para sacar al protagonista de la estacada.

Llegado a su era, el gañán descargaba el carro y hacinaba los haces, daba de comer a su yunta y la cuidaba con esmero. Mientras la yunta comía, él almorzaba migas con chorizo, lomo, pimientos y arrope. Luego, se pertrechaba para repetir por la tarde la misma faena. Cumpliendo un ritual cotidiano untaba de sebo el eje del carro, mojaba el cubo de la rueda, ponía el horquillo, la maroma y las coyundas dentro de la caja del carro, y se abastecía de agua. Dejaba preparado todo lo imprescindible para afrontar con garantía la tarea vespertina.

A las doce de la mañana, si podía, dormía un rato a trompicones, como se decía, molestado por el vaivén de los “trillaores”, que en el lamentable estado que se encontraban, no discernían bien si incordiaban con sus visitas permanentes al sombraje. Este descanso no se producía todos los días, pues en ocasiones se tenía que aventar el grano y era necesario el trabajo de todos. Como es de suponer, el gañán participaba como otro más en las diversas faenas. No gozaba de ningún privilegio. Tras un pequeño descanso arrimaba el hombro ayudando a limpiar. Luego uncía la yunta y subía los costales a la casa.

Después de comer, sobre las tres y media de la tarde, con cuarenta grados centígrados o más, el gañán volvía a desplazarse nuevamente al acarreo de mies. Esto se repetía todos los días, mañana y tarde, mientras duraba la época de trilla. A la vuelta, le esperaba un buen gazpacho hecho a la antigua usanza.

Todos los que trabajaban en las tareas de la era esperaban la llegada de las Fiestas de Agosto como agua de mayo. Esto suponía estar cinco o seis días de descanso. Se olvidaban los trabajos. Las yuntas se echaban a la “vacá” (vacada) para tener menos preocupaciones y participar en la fiesta con plenitud. Era un alivio para los esforzados gañanes ¿Quizá podrían descansar? Pero eran mozos. Tenían que divertirse.

Los mozos y chavales iban a bañarse al charco la Olla o al de la Losa el día quince por la mañana, antes de la procesión, para quitarse el tamo.

Con la llegada de las fiestas, se estrenaban vestidos, camisas y pantalones, especialmente, el dieciséis de agosto, San Roque, día grande en Fontanarejo de los Montes. Se vivían las fiestas con entusiasmo y alegría. Los mozos y mozas no descansaban. Había múltiples actividades: baile (a mediodía, antes de cenar y a partir de la una de la madrugada), toros todos los días y otras actividades festivas como carrera de caballos, de burros, pedestres, etc. Los chavales y chavalas iniciaban sus pinitos en el baile verbenero. Participaban en las diversas actividades lúdicas: carreras de sacos, piñatas, etc. Y en ocasiones, pocas, con suerte hasta se cumplía la tan reiterada promesa de enseñarles la mesa del turrón.

Las personas mayores iban a las verbenas. Bailaban pasodobles con gran maestría. Se sentaban a tomar cerveza de barril fresquita, la que existía entonces, y a la que llamábamos “meao de burro” por la espuma que hacía. A los chavales nos daban a beber aquella gaseosa artesana que se hacía en nuestro pueblo, y de la cual tenemos tan grato recuerdo.

Pasadas las fiestas, vuelta al tajo. El gañán seguía con su actividad. Cuando terminaba de sacar la mies encerraba el grano y más tarde la paja, luego retiraba la pajaza de la era y la llevaba a la hoja de labor para quemar las matas de monte. Con esta acción terminaba el ciclo de tareas que llamábamos “hacer el verano”.

Estas estampas, de épocas no tan lejanas, a muchos les parecerán Prehistoria; pero son información para que los que no vivieron aquellos tiempos recuerden sus raíces.

 

ASOCIACIÓN “AMIGOS DE LAS LUMINARIAS DE FONTANAREJO”





Un guarro de 145 kg

4 07 2012

Me comenta Gabriel, que se ha matado en una espera un jabalí de unas proporciones considerables, 145 kg y me adjunta las fotos para que las veamos. Están un poco oscuras pero se puede apreciar perfectamente el bicho.

Os transcribo el correo que me ha enviado con las fotos:

 

Buenas, te mando este correo debido a que ya sabes que estamos en época de siega y de esperas de jabalí por el pueblo, por si fuera posible que escribieses un artículo en tu página sobre un jabalí que mataron Felipe ( el copao ) y mi padre la otra noche, debido a que llegó a pesar en la báscula 145 kg, una barbaridad, a ver si así consiguiésemos dar algo de fama al coto de Fontanarejo ya que un ejemplar así no se mata todos los días, de hecho ninguno de los cazadores con los que he hablado han matado algo igual en el pueblo, sobre 120/125kg si, pero 145kg es una bestialidad, te mando unas fotos para que le veas!,

Un Saludo. ;)

Gabriel

 





LAS ERAS, AQUEL TERRITORIO MÍTICO

12 08 2011

Os reproduzco aquí, para que podáis leer con más facilidad, el artículo de la Asociación Amigos de Las Luminarias  del Programa de Fiestas:  “Las eras, aquel territorio mítico”.

 

Si preguntáramos a un chaval de Fontanarejo por las eras, con toda seguridad, nos hablaría de la piscina o del polideportivo, dos espacios que tienen una dimensión lúdica. Sin embargo, las eras para muchos fontanarejeños, aquellos  que pasan ya de los cincuenta, son: las de Arriba, las del Prao de las Ánimas, las de Abajo, las del Muladar, las de San Agustín, etc., un espacio de referencia vital.

Para los habitantes de nuestro pueblo este territorio tuvo, en su momento, dos vertientes una de esparcimiento y otra de sacrificio: en el jugaban los muchachos del pueblo, se lidiaban toros, se realizaban actividades festivas, se empezaba a madurar y a conocer la responsabilidad del trabajo, pues la mayoría de los chavales, y en ocasiones las chicas trabajaban en las faenas de la era como “trillaores”.

En Fontanarejo, mediado julio comenzaban las faenas de la era, que se alargaban hasta mediados de septiembre. En estas tareas participaban los chavales.

A las ocho de la mañana, comenzaban las tareas del “trillaor”: bajaba con la yunta a la era para que comiera, emparvaba o volvía la parva. A las nueve se enganchaba la yunta y a trillar. Y ahí, ¡ay! comenzaba una larga y dura jornada que finalizaba a las nueve o diez de la noche.

Al comienzo del trabajo, con la “fresca”, y hasta el almuerzo, la faena era soportable; pero una vez que el “trillaor” se metía entre pecho y espalda unas buenas migas, hechas con el corazón que en ello ponían  nuestras madres, acompañadas de: chorizo, lomo, chuletas y el arrope de verdad, y con una temperatura de cuarenta grados, comenzaba un suplicio perpetuo para el susodicho.

Las eras eran, ahora, un espacio sin estreñidos, a lo largo de la mañana, se visitaban varias veces las “cerderas” (lindazos) más que para defecar para descansar, y algo curioso, nuestros pies descalzos no sentían los pinchazos de cardos, ni el suelo abrasador. Era como un terremoto con las consabidas réplicas.

Al primero que paraba la yunta, le seguían, rápidamente otros. Era  una situación incontrolable, que desquiciaba a nuestros mayores, no se acordaban que ellos, en su día, también habían hecho lo mismo.  A los pocos minutos de regresar del “cagaero”, le acosaba una sed irrefrenable, corría al sombraje para saciar tan urgente necesidad, que como se puede imaginar no era tal. Esta se combatía con hábil maestría, en la que todo buen “trillaor” era especialista, mediante pequeños tragos robando  el mayor tiempo posible al monótono  y durísimo trabajo, hasta que alguien espetaba, hiriéndote sin considerar tu lamentable estado ¡Este nos deja sin agua fresca en el zaque! ¡A trillar! que la parva no quiebra. Herido en lo más hondo regresaba a la faena.  La vuelta suponía que ya no había argumentos para no cumplir como se esperaba, pero hete aquí que, nuevamente, el “trillaor” salía corriendo sin escuchar las voces que desde la sombra daban nuestros mayores. Tenía nueva y urgente necesidad de cagar, esto, en ocasiones salía bien, y si se apiadaban, le “quitaban” de trillar un rato. Lo cual era aprovechado para recostarse un poco a la sombra, siempre mirando para el lado contrario a la parva, para no ver las señas que reclamaban su regreso al tajo. Nada le libraba, siempre le tocaba alguien para que atendiera las insinuaciones, malsanas, de quien le relevó. En fin, nuevamente al tajo.

Sobre las doce y media de la mañana,  la “garbana” era insoportable, un lujo que se permitía todo aquel que se preciaba de buen “trillaor”. Este, adormilado, trillaba por el mismo carril hasta hacer “arrollaeros” y “huebras”. Al momento, todos los “trillaores” alertados por el ruido comenzaban a gritar la famosa frase: “huebras en las eras tal, huebras de fulano”, era quizá el único acontecimiento que rompía la solidaridad entre ellos. Nuestros mayores salían del sombraje para solucionar el problema, con la consabida bronca.

La mañana se hacía eterna. Miraba miles de veces la sombra de la capilla. Esta parecía estática, no se solidarizaba con el que sufre. No caía con la celeridad deseada. La tortícolis se apoderaba del esforzado que no quitaba el ojo de la mejor y única referencia horaria. Pero no daba la batalla por perdida, era una guerra de desgaste. Volvía a la carga afirmando que la capilla ya había caído, que los de las eras tal, ya estaban soltando. Por fin, los mayores salían del sombraje con horcas o palas para volver las parvas, ahora, deseaba que eligieran volver la suya la primera, para, así, soltar y ponerse a la sombra. Una parte de la jornada había pasado. Montados en las caballerías se regresa a casa a la espera de una pequeña siesta. Antes comerá un cocido de verdad, de los de antes.

A las cuatro de la tarde, con todo el “resistidero”, deshace somnoliento el camino de la era. Retoma la  misma rutina de la mañana. Anhela que aparezca quien lleva la merendilla: aquellos gazpachos artesanos hechos con hortera y  mortero.

En ocasiones, menos de las deseadas, aparecían por las eras los heladeros. Era una gozada tomarse un helado o un refresco a las cinco de la tarde. Nadie tenía dinero, entonces aparecía la economía de trueque: por una almorzada de grano o de garbanzos conseguíamos los helados o el refresco. El trueque era una economía  de intercambio, habitual en nuestro pueblo. Durante el período de trilla, cuando se aventaba el grano, pasaban por las eras panaderos, vaqueros, peluqueros, yegüeros, cabreros, etc. para cobrar en especie los servicios prestados, a cuenta, a lo largo del año.

Al final de la tarde, cuando se soltaban las yuntas y se terminaban las ocupaciones, los chavales jugaban entre las hacinas y  peces de grano. A  esas horas, aparecían por las eras, ahora sí, con la fresca, personas que no trabajaban en estas labores. Acudían a los sombrajes donde los hombres mantenían animadas tertulias. Era el momento y el lugar donde se intercambiaban noticias y mentidero del  pueblo.

Las faenas llevadas a cabo en las eras, a pesar de su dureza extrema y de lo gravoso que resultaba su desempeño, son recordadas con verdadero cariño, quizá porque éramos unos chavales.

Recordamos con emoción a todos nuestros ascendientes: su esfuerzo, su sabiduría, su buen hacer en el desempeño del trabajo. Había, en aquel territorio, un espíritu de generosidad, de solidaridad y de concordia encomiables. La gente se ayudaba en aquellas durísimas tareas sin escatimar esfuerzos.

Nosotros llamamos a todos los fontanarejeños a coger el testigo de nuestros antepasados. Hagamos un esfuerzo por volver al camino de la cordialidad, el respeto y la solidaridad. Si ellos pudieron, nosotros podremos. Recordemos esta frase: “Si queremos podemos, y si podemos debemos”.

Felices fiestas de agosto para todos.

ASOCIACIÓN AMIGOS DE LAS LUMINARIAS DE FONTANAREJO








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