MIGAS DE ERA, TRILLA Y GALBANA EN MADRID CON UN CALOR SOFOCANTE, SIMILAR AL QUE HACÍA ANTAÑO EN LAS ERAS DE FONTANAREJO

20 07 2016

JOSÉ CASTILLO FERRERA, ASISTE COMO INVITADO A LA TERTULIA “MIGUERA, FIRMÓ EN EL LIBRO DE HONOR Y RECIBIÓ UN PERGAMINO Y EL PAÑUELO VERDE SÍMBOLO DE “LAS LUMINARIAS”

 

La climatología se sumó al guión y ese día hizo un calor sofocante en Madrid. Tan alta temperatura incluso vino bien para rememorar las migas de trilla que, en pleno verano y con calores similares, se comían antaño para almorzar en las eras de Fontanarejo. Al encuentro gastronómico y a la posterior “tertulia  miguera” asistió nuestro paisano José Castillo Ferrera, con quien hablamos de vivencias, recuerdos y experiencias tanto en nuestro pueblo, donde también fue “trillaor”, como en Mallorca y Madrid, los lugares donde posteriormente trabajó hasta su jubilación .

Nos “apretamos” unas riquísimas migas de era, trilla y galbana (“garbana” decíamos en Fontanarejo),  que nos preparó Carlos en su mesón, “El Rincón de Sancho”, en el centro de Madrid muy cerca de la Plaza de España. Unas riquísimas migas salpicadas con abundantes “tropezones”…. Pimientos “chorruznos” y verdes, boquerones, bacalao, chorizo, panceta , uvas, arrope y leche final para las migas “canas”.

Todos los que nos sentamos a la mesa fuimos en su día “trillaores” en las eras de Fontanarejo y buena parte de la tertulia sirvió para recordar aquellos interminables días que pasábamos encima de la trilla o ayudando en otras tareas de la era como volver la parva, amontonar, emparvar o limpiar.

José Castillo refirió numerosas anécdotas vividas a pie de parva y también en las besanas de nuestro pueblo arando con la yunta. Con 18 años se marchó a Palma de Mallorca, donde trabajó durante 7 años, y finalmente vino a Madrid donde ahora vive. A lo largo de este dilatado tiempo y hasta su jubilación, nuestro paisano ha vivido numerosas experiencias laborales que van desde un breve periodo en la construcción nada más emigrar a Mallorca, pasando por la cocina de hostelería, hasta repartir butano. Posteriormente, y ya en Madrid, trabajó en una empresa de artes gráficas, regentó un bar, fue empleado en una fundición y finalmente estuvo 22 años como celador hospitalario.

También dedicamos un tiempo de la sobremesa para ver fotos retrospectivas de las tareas de verano en Fontanarejo que se iniciaban con la siega y concluían encerrando la paja. Vimos también imágenes de las Fiestas de Agosto de antaño con la entrañable verbena, los toros en la plaza de carros etc. y también fotos de los días en los que tocaba ir a bañarse en el charco de la Olla, de la Losa o en Guadiana, y que suponían unas jornadas de gran disfrute y asueto después del duro estío.

Al final de la interesante conversación, en la que José Castillo tuvo un recuerdo especial  para los maestros D. Miguel y D. Antonio por lo que le habían enseñado, nuestro paisano firmó en el libro de honor de la “Tertulia las Migas”, recibió un pergamino con la historia de Fontanarejo y el pañuelo verde , distintivo de las singulares “Luminarias”.

Finalizamos el encuentro “miguero” pasadas las seis de la tarde, comentando que era “la hora del gazpacho”, pues sobre esa hora llegaba el momento de hacer una parada en la era para comer un refrescante gazpacho que se tomaba a diario, como ocurría con las migas para almorzar o el cocido para comer al medio día. Sin duda una gastronomía tan modesta como potente.

Hartos de migas, fuimos dando un paseo por la Gran Vía para “bajar” un poco los “tropezones” en plena digestión…y aquí surgió la anécdota pues nos abordaron, en al menos dos ocasiones, ofreciéndonos folletos de recintos culinarios… ¡para que entráramos a cenar!. Desconocían, sin duda, cómo llevábamos la andorga. Pasamos después por Callao y terminamos en la céntrica Puerta del Sol con un calor y un bochorno que sirvió, ya en la despedida, para dar de nuevo cuerda al recuerdo de un tiempo pasado cuando fuimos todos “trillaores” en las eras de nuestro pueblo. ¡Qué galbana!.

Justo Muñoz

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“NEVADA JAREÑA” EN MONTES, SIERRAS, COLLADOS Y MORRAS DE FONTANAREJO

2 06 2016

LA HUMILDE JARA, ADEMÁS DE LUCIR UNA PECULIAR FLORACIÓN PRIMAVERAL, HA SIDO UTILIZADA A LO LARGO DEL TIEMPO EN NUESTRO PUEBLO COMO COMBUSTIBLE EN LUMBRES Y HORNOS, PARA OBTENER EL “TILLO” DE LAS TECHUMBRES, COMO ELEMENTO PRIMORDIAL EN LAS BARDAS DE LOS CORRALES Y PARA ELABORAR LOS BIROS DE LAS COLMENAS DE CORCHA

 

Las jaras, con sus inconfundibles hojas blancas cuando están en plena floración, cubren rincones del término municipal fontanarejeño con una “nevada” muy peculiar. Los tupidos jarales lucen unos atractivos paisajes canos sobre todo en las sierras, lomas, collados y morros que presentan un manto nacarado en muchos de sus parajes, que es especialmente intenso tras los amaneceres.

La jara es un arbusto muy abundante en zonas del centro y mediodía de España en las que, en plena primavera, podemos encontrar una espectacular floración de los delicados pétalos, muchas veces arrugados, que forman una impresionante panorámica blanquecina.

El hecho de que la jara ofrezca un espectáculo visual con sus grandes flores pedunculadas de corola blancuzca y, en alguna especie, con una mancha rojiza en la base de cada uno de sus cinco pétalos, hace que, en ocasiones, sea también motivo de inspiración plástica para pintores, fotógrafos, escritores etc. Tal es el caso, por poner un par de ejemplos ejemplos, del  poema de José Agustín Goytisolo titulado “La flor de la jara” o de nuestra paisana  Eloisa Fernández Romero que pintó, años atrás, un interesante cuadro, con la jara florida en primer término y el casco urbano de nuestro pueblo al fondo, que reproducimos, junto con varias fotos, en este blog.

Por otro lado la humilde jara, además de dar una especial intensidad paisajística nívea a muchos lugares de nuestro pueblo, ha sido, a lo largo del tiempo, muy utilizada por los fontanarejeños. Hablamos de usos que van desde la pura combustión para “alimentar” lumbres y hornos, hasta los que tienen que ver con la construcción de viviendas, corrales y cocheras. La apreciada jara servía, por ejemplo, para hacer el denominado “tillo” que se colocaba en las techumbres de las viviendas para aislar las vigas de las tejas, también se utilizaba como barda para cubrir las tapias y paredes de los corrales de cabras y ovejas. En otras ocasiones fue usada para levantar corrales de monte, chozos, majadas etc por pastores y cabreros  paisanos nuestros.

De las ramas muy secas de tan copioso arbusto se hacen además los biros, que la Real Academia Española (RAE) define como “clavos de jara” y que se utilizaron mucho, sobre todo tiempo atrás, por colmeneros y apicultores del pueblo  como afilados palos para “coser” las tradicionales colmenas de corcho. Las abejas también frecuentan las flores de jara de la que, al parecer, se obtiene una miel muy buena tanto en calidad como en sabor.

Además algunos ganaderos de nuestro pueblo comentan que el fruto o cápsula de la jara, que ellos denominan “ripio” o “trompo”, se lo comen muy bien algunos rumiantes como cabras, ovejas, corzos, etc. sobre todo en el otoño.

Un peculiar mundo natural “jareño” que va desde los paisajes más autóctonos, pasando por el multiuso más secular y práctico, hasta el alimento para algunos animales.

Por último señalar que la jara produce, sobre todo en los meses de agosto septiembre, el denominado ládano, que es un producto resinoso que fluye de las hojas y ramas y que en nuestro pueblo llamamos “mánguila”.

Justo Muñoz

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EL DIARIO LANZA DE CIUDAD REAL SE HACE ECO DE LA ANTIGUA CAMPANA DEL TIN-TI-RULAO”

30 01 2016

El periódico LANZA publicó el pasado lunes día 25 un artículo, escrito por nuestro paisano Justo Muñoz, titulado “El potente eco de la campana del tin-ti-rulao en Fontanarejo”. Reproducimos el citado artículo así como la página de LANZA.

 

En muchos pueblos, sobre todo en los más cerealistas y ganaderos, había vecinos que, tiempo atrás, se congregaban ante la presencia de amenazantes nubarrones con el fin de realizar un conjuro o bien tocar las campanas con un tañido que, en algunos lugares, se denominaba “tente nublo”. Hay algunos municipios, como Cozuelos de Ojeda en Palencia o Poza de la Sal en Burgos, que han conservado los restos de los denominados conjuraderos como muestra de un singular patrimonio y de un peculiar testimonio del ayer. Se trataba casi siempre de arcos, torres o pórticos abiertos a los cuatro vientos dentro de los cascos urbanos, y a veces, cercanos o junto a la iglesia.
En mi pueblo, Fontanarejo, cuentan los más viejos del lugar que antaño también se tocaba una campana, que estuvo ubicada en la torre de la iglesia, con la expectativa de “despejar” el cielo cuando se tapaba cargado y amenazador. Aseguran, y algunos con cierta emoción, quienes escucharon aquellos peculiares tañidos bajo una bóveda celeste con pinta de estar cargada de pedrisco, que el sacristán hacía “hablar” la sonora campana repicando un inconfundible toque, que se escuchaba desde muy lejos, y que los vecinos traducían en un esperanzador… «tin-ti-ru-lao, que se vaya la nube por otro “lao”». Un potente eco que ha llegado hasta nuestros días merced a una transmisión oral puntualmente narrada por nuestros antepasados, muchas veces al rescoldo de la lumbre, cuando nos hablaban de la recordada y desaparecida campana del “tin-ti-rulao”, de la que contaban y no acababan refiriéndose a momentos pasados en los que los fontanarejeños acudieron a tan singular “cobijo sonoro” ante una inquietante intemperie.
Y es que las campanas, a lo largo del tiempo, han sido un gran medio de comunicación para los feligreses y para la población en general. Su repique, su volteo o su doblar avisaban desde los rezos o actos litúrgicos para los parroquianos, hasta la alerta por algún peligro y, también antaño, para hacer llegar mensajes diversos al vecindario, como el inicio o el final de algunas tareas agrícolas. En algunos municipios pequeños de la Ribera del Duero, como Fuentenebro, el toque de un peculiar «campanillo», que aún conservan como recuerdo de un patrimonio ya en desuso, fijaba la hora de salir al tajo durante la época de vendimia. Y, según cuentan, se respetaba a rajatabla tan peculiar «tañido laboral».
He contado en más de una ocasión que asistí hace unos años a un encuentro de antiguos campaneros, un peculiar oficio que tuvo mucho eco en tiempos pretéritos. Y me chocó mucho no solo la gran destreza con la que las hacían sonar, sino el gran listado de toques, repiques y volteos que manejaban con gran sabiduría. Desde los sonidos más clásicos y religiosos cómo ánimas, clamor, ángelus, difuntos, vísperas, procesión, misa, rosario, etc; hasta aquellos que afectaban a la vida civil y colectiva como eran el toque a «concejo», a fuego, a «queda», nublo o el denominado «bien vas». Este último, también llamado «toque a perdido», se tañía en la Iberia profunda para orientar al vecino que se perdía en el monte en noches cerradas de niebla/temporal, y también para congregar a la gente para salir en su búsqueda. Tan ancestral sistema de comunicación evidenciaba por un lado la pericia y el buen oído del campanero de turno a la hora de saber comunicar las diversas circunstancias y, por otro, la seguridad de que los vecinos entendían, sin lugar a dudas, lo que se transmitía con cada sonido. Impresionante registro. El vecindario sabía, con absoluta precisión, si tocaban a difunto y si se trataba de una mujer, de un hombre o de un niño quien había fallecido; si la hora del ángelus, de vísperas, si era un “clamoreo” o si se trataba de un repique/alarma a fuego, arrebato o tempestad.
En aquel inolvidable encuentro de viejos campaneros adquirí un apreciado CD que recoge un buen catálogo de toques, religiosos y civiles, como el simpar “bien vas”, que escucho a veces cuando ando un poco perdido o me desoriento.
Justo Muñoz Fernández
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TIEMPOS DE BELLOTAS, PIARA Y PORQUERO EN EL FONTANAREJO DE ANTAÑO

3 01 2016

El fruto de los chaparros suponía, tiempo atrás, un alimento básico para engordar los cerdos de cara a la tradicional y ya desaparecida matanza casera que se hacía en la mayoría de las casas de nuestro pueblo.

 

Las bellotas fueron, en su día, un alimento muy importante a la hora de “engordar” los cerdos de cara a la tradicional y ya casi desaparecida matanza casera que se hacía antaño en Fontanarejo. Los cochinos se alimentaban, durante una buena parte del otoño-invierno, del fruto de las encinas que se les suministraban en los corrales de cada casa o bien de las bellotas que comían directamente en el campo. La piara de guarros salía cada mañana por los diversos parajes nuestro término municipal donde había muchísimos chaparros que ofrecían gran abundancia de comida en los meses finales del año. El encinar era un soporte fundamental y gratuito para alimentar a los cerdos.
El ritual se repetía a diario. El inconfundible “porquero” hacía sonar cada mañana una caracola avisando de que había llegado la hora de soltar los cochinos de la zahúrda para que salieran al campo. Y allí estaban los puercos todo el día, al aire libre, comiendo, entre otras cosas, muchas bellotas. El piarero, un oficio tradicional y presente en Fontanarejo hasta los años sesenta, se encargaba de vigilar durante toda la jornada a los animales y de llevar a los marranos por las zonas donde hubiera abundante comida y agua. La manada de gorrinos regresaba al atardecer y entraba en el casco urbano casi siempre a la carrera. Resultaba curioso ver cómo cada cerdo se dirigía con absoluta precisión hasta la casa de su dueño donde, si no estaba la puerta abierta, se encargaba de hociquearla para “avisar” de su presencia. La ruidosa piara de marranos entraba puntualmente cada tarde en el casco urbano e irrumpía la primera “inundando” las calles de animales, seguida de las yeguas, a continuación entraban las vacas y, finalmente, lo hacían las cabras. Precisa y preciosa secuencia lugareña que impregnaba los atardeceres de un auténtico sabor rural y de un singular costumbrismo ganadero.

“NO QUIERO BELLOTAS ROTAS”
Las bellotas protagonizaron también dichos y cantares populares en nuestro pueblo. Vaya este ejemplo de un cántico que se refería a las bellotas y que, a modo de villancico, se entonaba antaño en Fontanarejo cuando los chavales acudían hasta las casas de familiares y vecinos pidiendo el aguinaldo. La bulliciosa chiquillería hacía el recorrido cada 24 de diciembre al anochecer provista de zambombas artesanales y de panderetas. Llamaban a las puertas al grito de ..”¿Se canta o se reza?”, y tras entrar a la cocina cantaban villancicos o, si se había registrado algún óbito reciente en la familia, rezaban un Padrenuestro o un Avemaría. Muchas veces tras entonar el cántico navideño, se le daba a la “chiquillada” un puñado de bellotas o de castañas. En otras ocasiones se les obsequiaba con unos mantecados y, a veces, con chorizos o un poco de lomo. Pocas veces, o casi nunca, recibían dinero porque, entre otras cosas, escaseaba. Decía así el añejo villancico, un tanto exigente….. “No quiero bellotas rotas/ ni castañas con ventanas/quiero lomo y longaniza/ para almorzar por la mañana”.
Eran, sin duda, tiempos pretéritos en los que las bellotas formaban parte de un ancestral costumbrismo campesino en Fontanarejo que ha ido desapareciendo con el paso del tiempo.

Justo Muñoz

 
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Un meteorito metálico de 100 kilos en Cabañeros

29 03 2013

Leído en:

http://www.elmundo.es/elmundo/2013/03/26/ciencia/1364294732.html

http://www.lanzadigital.com/sociedad/el_meteorito_que_cayo_en_cabanyeros-47068.html

http://www.publico.es/452823/un-meteorito-para-prensar-jamones

  • Se trata del cuarto meteorito metálico hallado en España y el 84 en el mundo
  • No hay testimonios que puedan dar pistas sobre cuándo cayó esta pesada roca
  • Los geólogos no pueden precisar su edad, sólo que tiene un máximo de 700.000 años

Teresa Guerrero | Madrid

Juan Carlos Gutiérrez Marco está acostumbrado a que los vecinos le pregunten si las rocas que han recogido en el campo son meteoritos y tienen algún valor. Gutiérrez, geólogo del Instituto de Geociencias de Madrid (un centro mixto del CSIC y de la Universidad Complutense), dirige un proyecto de investigación geológica en el Parque Nacional de Cabañeros y sus alrededores porque como él mismo explica, “la geología no entiende de límites administrativos”.

En febrero de 2011 una vecina de Retuerta del Bullaque, un pueblo de la provincia de Ciudad Real, le habló de una extraña y pesada roca que su hermano Faustino había encontrado en los 80 y guardaba en su casa desde hace más de 20 años. La sorpresa fue mayúscula cuando Gutiérrez examinó este ejemplar “de extraordinaria densidad” y, junto con su colega del Instituto Geológico y Minero (IGME) y del Museo Geominero Rafael Lozano, confirmaron que la imponente roca de 100 kilogramos de peso se trataba de un meteorito.

Dos años después de aquella visita a la casa de Faustino, el objeto extraterrestre ha sido incluido en la base de datos mundial de la Meteoritical Society y los geólogos tienen ya listo el estudio de este meteorito metálico (un siderito), el cuarto de estas características que se encuentra en España. Si miramos a los archivos internacionales, en el mundo sólo se han encontrado 84 sideritos. En total, en nuestro país se ha confirmado la autenticidad de 29 meteoritos de diferentes tipos.

“Estos sideritos tienen una composición muy similar a la que se estima que tiene el núcleo terrestre”, explica Gutiérrez a ELMUNDO.es. “Podría proceder del núcleo de un planetoide que estalló y quedó en el cinturón de asteroides. Al deshacerse, si un cometa choca que con esos fragmentos los lanza como si fuera un taco de billar”, añade en conversación telefónica.

Según detalla el geólogo, el meteorito tiene unas medidas de 45x31x20 centímetros y forma de prisma rectangular. Su análisis ha revelado aleaciones complejas de hierro y níquel (taenita-kamacita) más carburo de ambos metales (cohenita), todos cristalizados a alta presión y temperatura. También se localizaron minerales raros como troilita y schreibersita.

Para poder analizar la roca en profundidad, el propietario accedió a que tomaran tres muestras, que se conservarán en el Museo Geominero situado en Madrid y se utilizarán como holotipo para garantizar que puedan ser estudiadas en el futuro. Antes de recoger estas piezas, Eleuterio Baeza realizó varios moldes del meteorito para conservar la forma y tamaño del original.

Rastreo de la zona

Los geólogos visitaron y rastrearon exhaustivamente la zona en la que se localizó la roca para comprobar si había otros meteoritos, pero no hallaron ningún otro. No existen testimonios que puedan dar pistas sobre la fecha en la que cayó la roca así que la estimación de su edad sólo puede hacerse por evidencias indirectas. Según sostiene Gutiérrez, la roca debió estar enterrada durante siglos y sólo pueden asegurar que tiene una edad máxima 700.000 años de antigüedad.

A partir del Jueves Santo una réplica del meteorito junto a las tres muestras que se tomaron del original serán expuestas el Museo Geominero de Madrid (Ríos Rosas 23), que permanecerá abierto durante la Semana Santa, de 9 a 14 h (entrada gratuita). Los hermanos Asensio López por su parte, presumirán de su roca extraterrestre durante la Semana Santa en su bar de Retuerta del Bullaque, donde la exhibirán junto a otra de las réplicas. El tercer molde se entregará al Parque Nacional de Cabañeros. Y es que, aunque la normativa internacional obliga a denominar el meteorito con el nombre de la localidad en que se encontró, en este caso Retuerta del Bullaque, coloquialmente también se conoce como el meteorito de Cabañeros.

 





MEDIO SIGLO DE UN TEJAR ARTESANO EN FONTANAREJO

5 10 2012

Ramona Castellanos Escribano cumple 91 años y ha dedicado parte de su vida a fabricar tejas, ladrillos y baldosas que lucen o cubren las viviendas de nuestro pueblo.

Justo Muñoz Fernández

Ramona Castellanos Escribano salta hoy la barrera de los noventa en su longeva vida. A sus 91 años, que estrenó la pasada media noche, sigue siendo una mujer activa, afable y cordial. La tía Ramona trabajó desde que era una niña en su tejar de Fontanarejo desde los años treinta del pasado siglo. Antes la familia, procedente de Miguelturra, había fabricado las tejas de manera intermitente en varias instalaciones alquiladas en el municipio. La producción quedó interrumpida al cesar su actividad alfarera en el año 1972. Ahora, ya jubilada desde hace años, Ramona dedica buena parte de su tiempo a tejer prendas artesanales para la familia y amistades con la técnica del punto con agujas, el ganchillo y el punto de cruz.

Rememorando los duros años en los que el tejar familiar estaba a pleno rendimiento, Ramona recuerda como el ciclo del trabajo anual se cerraba a finales del mes de septiembre y arrancaba en los meses de febrero y marzo, “meses en los que acarreábamos con los burros entre 500 o 600 cargas de leña para poder “alimentar” el horno en el que se cocían las tejas, los ladrillos y las baldosas. Yo ayudaba en esas tareas haciendo “lazos” de jara con el “garabato”. En el mes de abril iniciábamos los preparativos para elaborar las tejas: cavar la tierra, cernerla con la criba y el harnero y, después, echarla en una gran pila que teníamos junto a la higuera y que llenábamos a base de verter unos 50 cubos de agua que sacábamos del pozo. Una vez allí, se pisaba y amasaba toda la mezcla hasta tener una masa compacta. El siguiente paso era ir elaborando las tejas con un molde que llamábamos “galápago” y se iban colocando una a una todas en la era. Se trataba de un espacio totalmente llano, recubierto de ceniza y abierto, en el que se quedaban las tejas tiernas varios días hasta que se secaban antes de pasar al horno. Yo recuerdo, siendo una cría, que aprovechaba mientras se iban oreando para hacer ganchillo o punto. El problema llegaba cuando le daba por llover y el agua nos deshacía toda la “parva” de tejas”, indica Ramona con un recuerdo desolador.

Esta fontanarejeña va desgranando pausadamente como ponían a punto el horno en el que se colocaban por riguroso orden primero los ladrillos, luego las tejas y depués las baldosas. “La boca del horno se sellaba con adobes elaborados con barro y paja -explica explica con detalle esta artesana del barro- y allí se quedaban al menos una semana cociéndose lentamente. Durante todo ese tiempo la familia hacíamos guardia, por turnos, y nos turnábamos en la boquilla del horno atizando noche y día para que no bajara la temperatura”.

Una vez que “los tejeros” tenía listo el material, las baldosa, los ladrillos y las tejas se ponían a la venta. Una comercialización que, en no pocas ocasiones, se realizaba por el viejo y entrañable sistema del “trueque”. Es decir, muchas familias se llevaban los productos alfareros y los pagaban posteriormente con fanegas de trigo cuando se recogía el cereal en las eras, allá por los meses de julio y agosto.

El duro trabajo manual de pura alfarería artesanal se vio aliviado en el año 1962 cuándo la familia adquirió un motor que mecanizaba parte del proceso al tener molino, galletera y amasadora. Los trabajos, no obstante, seguían siendo duros y difíciles.

Han pasado los años y muchos tejados de las casas, las tenadas, los pajares y los corrales del municipio permanecen cubiertos por las miles de tejas que salieron en su día de la vieja fábrica artesanal de Ramona y su familia, hoy ya abandonadas y en desuso.  Son testigos mudos e impasibles de un tiempo pasado en el que el barro y la tierra eran el sustento para la mayoría de las familias de Fontanarejo.

Precisamente la Asociación “Amigos de las Luminarias” de Fontanarejo  reconoció hace tres años la trayectoria laboral, humana y artesanal de Ramona Castellanos a quien entregó el galardón “Romera Cencía”, un premio con el que la citada entidad distingue anualmente a entidades personas e instituciones. Se premiaba el perfil de una fontanarejeña enamorada de las tradiciones locales que cada año monta un singular altarcillo a la puerta de su casa para la procesión del Corpus, enciende una espléndida “luminaria” cada 30 de abril al atardecer o canta el mayo en la Cruz. Ramona Castellanos es una ciudadana cumplidora con el tiempo y con la historia que, cuando ya sube el primer peldaño de las escaleras del siglo, es un archivo viviente a la hora de recordar tiempos pasados de la historia, del costumbrismo y de la gastronomía local. Ramona, entre otras habilidades culinarias, ha hecho siempre una deliciosa “candelilla”, un singular dulce de la zona elaborado con miel y “pestiños”.

Esta nonagenaria emplea ahora su tiempo, en el día a día, confeccionando prendas y utensilios elaborados con hilo, con lana y con una gran maestría artesana. En su casa, donde vive con sus hijos Carmen e Inocente, luce muchas de estas obras y otras muchas que han viajado a Mallorca, donde vive otro hijo de Ramona. Se trata, sin duda, de una rica artesanía que, junto con los miles de tejas que techan decenas de construcciones en Fontanarejo, perpetuarán su memoria. !!Felicidades, tía Ramona!!





LOS GAÑANES: VIDA Y MIES EN LAS ERAS DE ANTAÑO EN FONTANAREJO

19 08 2012

Entre las extenuantes faenas de la era, todas de extrema dureza, sacar la mies aventajaba al resto con diferencia. La realizaban los gañanes, personas fuertes y jóvenes, generalmente los mozos de la familia.

Los gañanes dormían, por norma, en la era para cuidar la yunta. De madrugada, con la aparición de las Cabrillas en el cielo, salían con los carros: de vacas o de mulas camino del corte. Durante el trayecto, que duraba según la lejanía de aquel, el gañan dormitaba subido en su carro. Cuando llegaba al “piazo” (suerte), recogía los haces y cargaba el carro. Cansado y somnoliento volvía a la era guiando con maestría, “injá” (aguijada) al hombro, a su yunta por el polvoriento carril.

Era espectacular ver la llegada de las yuntas comidas de moscas, sudorosas y nobles. A paso lento, deshacían cansadas y anhelantes de rodeo la ruta de vuelta. Se formaban, a veces, hileras de varias decenas de carros, todos bien cargados y con los haces trabados por la llave y la maroma atada al torno del carro. Había, en ocasiones, un mensaje subliminal en los carros mejor cargados y con más vueltas (capas de haces superpuestos). Un escaparate donde exhibían sus capacidades, ante la amada o la familia de de la misma, los mozos en amores. Muchas veces esto salía mal, pues los carros cuanto más vueltas se cargaban más estabilidad perdían y, claro, se corría el riesgo de volcar. Cuando se producía un vuelco el protagonista sufría una pequeña “humillación”. Se decía que fulano había puesto un molino. En estas ocasiones, se mostraba la solidaridad entre la gente de Fontanarejo. El resto de gañanes ayudaban al “molinero” a poner en orden el desaguisado. Entre todos levantaban el carro volcado y le cargaban para sacar al protagonista de la estacada.

Llegado a su era, el gañán descargaba el carro y hacinaba los haces, daba de comer a su yunta y la cuidaba con esmero. Mientras la yunta comía, él almorzaba migas con chorizo, lomo, pimientos y arrope. Luego, se pertrechaba para repetir por la tarde la misma faena. Cumpliendo un ritual cotidiano untaba de sebo el eje del carro, mojaba el cubo de la rueda, ponía el horquillo, la maroma y las coyundas dentro de la caja del carro, y se abastecía de agua. Dejaba preparado todo lo imprescindible para afrontar con garantía la tarea vespertina.

A las doce de la mañana, si podía, dormía un rato a trompicones, como se decía, molestado por el vaivén de los “trillaores”, que en el lamentable estado que se encontraban, no discernían bien si incordiaban con sus visitas permanentes al sombraje. Este descanso no se producía todos los días, pues en ocasiones se tenía que aventar el grano y era necesario el trabajo de todos. Como es de suponer, el gañán participaba como otro más en las diversas faenas. No gozaba de ningún privilegio. Tras un pequeño descanso arrimaba el hombro ayudando a limpiar. Luego uncía la yunta y subía los costales a la casa.

Después de comer, sobre las tres y media de la tarde, con cuarenta grados centígrados o más, el gañán volvía a desplazarse nuevamente al acarreo de mies. Esto se repetía todos los días, mañana y tarde, mientras duraba la época de trilla. A la vuelta, le esperaba un buen gazpacho hecho a la antigua usanza.

Todos los que trabajaban en las tareas de la era esperaban la llegada de las Fiestas de Agosto como agua de mayo. Esto suponía estar cinco o seis días de descanso. Se olvidaban los trabajos. Las yuntas se echaban a la “vacá” (vacada) para tener menos preocupaciones y participar en la fiesta con plenitud. Era un alivio para los esforzados gañanes ¿Quizá podrían descansar? Pero eran mozos. Tenían que divertirse.

Los mozos y chavales iban a bañarse al charco la Olla o al de la Losa el día quince por la mañana, antes de la procesión, para quitarse el tamo.

Con la llegada de las fiestas, se estrenaban vestidos, camisas y pantalones, especialmente, el dieciséis de agosto, San Roque, día grande en Fontanarejo de los Montes. Se vivían las fiestas con entusiasmo y alegría. Los mozos y mozas no descansaban. Había múltiples actividades: baile (a mediodía, antes de cenar y a partir de la una de la madrugada), toros todos los días y otras actividades festivas como carrera de caballos, de burros, pedestres, etc. Los chavales y chavalas iniciaban sus pinitos en el baile verbenero. Participaban en las diversas actividades lúdicas: carreras de sacos, piñatas, etc. Y en ocasiones, pocas, con suerte hasta se cumplía la tan reiterada promesa de enseñarles la mesa del turrón.

Las personas mayores iban a las verbenas. Bailaban pasodobles con gran maestría. Se sentaban a tomar cerveza de barril fresquita, la que existía entonces, y a la que llamábamos “meao de burro” por la espuma que hacía. A los chavales nos daban a beber aquella gaseosa artesana que se hacía en nuestro pueblo, y de la cual tenemos tan grato recuerdo.

Pasadas las fiestas, vuelta al tajo. El gañán seguía con su actividad. Cuando terminaba de sacar la mies encerraba el grano y más tarde la paja, luego retiraba la pajaza de la era y la llevaba a la hoja de labor para quemar las matas de monte. Con esta acción terminaba el ciclo de tareas que llamábamos “hacer el verano”.

Estas estampas, de épocas no tan lejanas, a muchos les parecerán Prehistoria; pero son información para que los que no vivieron aquellos tiempos recuerden sus raíces.

 

ASOCIACIÓN “AMIGOS DE LAS LUMINARIAS DE FONTANAREJO”








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