UN INTENSO CHAPARRÓN REGISTRADO EL PASADO 28 DE AGOSTO HIZO RECORDAR LA TREMENDA NUBE QUE, EN ESA MISMA FECHA DEL AÑO 1952, SACUDIÓ FONTANAREJO

8 09 2017

SE CUMPLÍAN 65 AÑOS DE LA FUERTE TORMENTA, ACOMPAÑADA DE VENDAVAL Y PEDRISCO, QUE VOLCÓ CARROS, ROMPIÓ TEJAS, MATÓ AVES, DESTROZÓ HUERTOS Y DAÑÓ OLIVOS

El pasado 28 de agosto amaneció en Fontanarejo con un cielo cerrado que amenazaba lluvia. El chaparrón que cayó a primera hora de la mañana, y el posterior “champlazo” que descargó pasado el medio día, hizo que los fontanarejeños recordaran con más intensidad la estremecedora nube del 28 de agosto del año 1952. Se cumplían 65 años de aquella fecha en la que el miedo y el desconcierto cundió entre el vecindario. La coincidencia de otro fenómeno meteorológico aparatoso en un día tan señalado activó sin duda el recuerdo, sobre todo entre los más mayores, de aquella desconcertante jornada del año 1952 que entre el vecindario se conoce ya como “la nube del 28 de agosto”.

El intenso chaparrón caído hace unos días en nuestro pueblo, que coincidía con la recordada fecha de antaño, hizo correr abundante agua por las calles, regueros y cunetas pero, afortunadamente, no hubo que lamentar daños personales ni materiales, como sí ocurrió antaño. En esta ocasión, según cuentan algunos paisanos, el agua vino bien para la tierra, para el monte y para el arbolado tras un largo periodo de sequía.

Como ya se escribió en este blog tiempo atrás, un 28 de agosto de hace 65 años “un fuerte aguacero, que duró apenas quince minutos, irrumpió acompañado de un virulento pedrisco y de un fuerte viento que arrastró carros cargados de mies, volcó aventadoras/limpiadoras, levantó tejas, mató cientos de aves, destrozó olivos, arrasó huertas, machacó melonares y dañó considerablemente el arbolado y el monte autóctono allá por donde pasó. Un vecino del pueblo, Trinidad Pavón Fernández, quedó atrapado debajo de un carro cargado de haces de trigo y pudo ser rescatado cuando estaba casi asfixiado. Fontanarejeños que vivieron tan fatídica jornada aún recuerdan la renombrada nube del 28 de agosto como “lo nunca visto”. Una inscripción, grabada a mano en uno de los históricos corrales de ganado del municipio recuerda la aciaga fecha:” 28.8.1952”.

El diario LANZA de Ciudad Real recogió un reportaje publicado hace ahora 6 años y que se adjunta con estas líneas, en el que algunos paisanos nuestros narraron sus vivencias en tan sobrecogedora fecha. Contaron, entre otras cosas, que “el día ennegreció de tal manera que se hizo como de noche. Y, de repente, cayó una tromba de agua y pedrisco como nunca se había registrado en el lugar. Con tal fuerza y magnitud arreció la tromba y, sobre todo, el granizo que muchos troncos de olivos quedaron dañados durante aquéllos interminables y angustiosos minutos. Lo nunca visto”.

J. Muñoz

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EL DIARIO LANZA DE CIUDAD REAL SE HACE ECO DE LA ANTIGUA CAMPANA DEL TIN-TI-RULAO”

30 01 2016

El periódico LANZA publicó el pasado lunes día 25 un artículo, escrito por nuestro paisano Justo Muñoz, titulado “El potente eco de la campana del tin-ti-rulao en Fontanarejo”. Reproducimos el citado artículo así como la página de LANZA.

 

En muchos pueblos, sobre todo en los más cerealistas y ganaderos, había vecinos que, tiempo atrás, se congregaban ante la presencia de amenazantes nubarrones con el fin de realizar un conjuro o bien tocar las campanas con un tañido que, en algunos lugares, se denominaba “tente nublo”. Hay algunos municipios, como Cozuelos de Ojeda en Palencia o Poza de la Sal en Burgos, que han conservado los restos de los denominados conjuraderos como muestra de un singular patrimonio y de un peculiar testimonio del ayer. Se trataba casi siempre de arcos, torres o pórticos abiertos a los cuatro vientos dentro de los cascos urbanos, y a veces, cercanos o junto a la iglesia.
En mi pueblo, Fontanarejo, cuentan los más viejos del lugar que antaño también se tocaba una campana, que estuvo ubicada en la torre de la iglesia, con la expectativa de “despejar” el cielo cuando se tapaba cargado y amenazador. Aseguran, y algunos con cierta emoción, quienes escucharon aquellos peculiares tañidos bajo una bóveda celeste con pinta de estar cargada de pedrisco, que el sacristán hacía “hablar” la sonora campana repicando un inconfundible toque, que se escuchaba desde muy lejos, y que los vecinos traducían en un esperanzador… «tin-ti-ru-lao, que se vaya la nube por otro “lao”». Un potente eco que ha llegado hasta nuestros días merced a una transmisión oral puntualmente narrada por nuestros antepasados, muchas veces al rescoldo de la lumbre, cuando nos hablaban de la recordada y desaparecida campana del “tin-ti-rulao”, de la que contaban y no acababan refiriéndose a momentos pasados en los que los fontanarejeños acudieron a tan singular “cobijo sonoro” ante una inquietante intemperie.
Y es que las campanas, a lo largo del tiempo, han sido un gran medio de comunicación para los feligreses y para la población en general. Su repique, su volteo o su doblar avisaban desde los rezos o actos litúrgicos para los parroquianos, hasta la alerta por algún peligro y, también antaño, para hacer llegar mensajes diversos al vecindario, como el inicio o el final de algunas tareas agrícolas. En algunos municipios pequeños de la Ribera del Duero, como Fuentenebro, el toque de un peculiar «campanillo», que aún conservan como recuerdo de un patrimonio ya en desuso, fijaba la hora de salir al tajo durante la época de vendimia. Y, según cuentan, se respetaba a rajatabla tan peculiar «tañido laboral».
He contado en más de una ocasión que asistí hace unos años a un encuentro de antiguos campaneros, un peculiar oficio que tuvo mucho eco en tiempos pretéritos. Y me chocó mucho no solo la gran destreza con la que las hacían sonar, sino el gran listado de toques, repiques y volteos que manejaban con gran sabiduría. Desde los sonidos más clásicos y religiosos cómo ánimas, clamor, ángelus, difuntos, vísperas, procesión, misa, rosario, etc; hasta aquellos que afectaban a la vida civil y colectiva como eran el toque a «concejo», a fuego, a «queda», nublo o el denominado «bien vas». Este último, también llamado «toque a perdido», se tañía en la Iberia profunda para orientar al vecino que se perdía en el monte en noches cerradas de niebla/temporal, y también para congregar a la gente para salir en su búsqueda. Tan ancestral sistema de comunicación evidenciaba por un lado la pericia y el buen oído del campanero de turno a la hora de saber comunicar las diversas circunstancias y, por otro, la seguridad de que los vecinos entendían, sin lugar a dudas, lo que se transmitía con cada sonido. Impresionante registro. El vecindario sabía, con absoluta precisión, si tocaban a difunto y si se trataba de una mujer, de un hombre o de un niño quien había fallecido; si la hora del ángelus, de vísperas, si era un “clamoreo” o si se trataba de un repique/alarma a fuego, arrebato o tempestad.
En aquel inolvidable encuentro de viejos campaneros adquirí un apreciado CD que recoge un buen catálogo de toques, religiosos y civiles, como el simpar “bien vas”, que escucho a veces cuando ando un poco perdido o me desoriento.
Justo Muñoz Fernández
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TIEMPOS DE BELLOTAS, PIARA Y PORQUERO EN EL FONTANAREJO DE ANTAÑO

3 01 2016

El fruto de los chaparros suponía, tiempo atrás, un alimento básico para engordar los cerdos de cara a la tradicional y ya desaparecida matanza casera que se hacía en la mayoría de las casas de nuestro pueblo.

 

Las bellotas fueron, en su día, un alimento muy importante a la hora de “engordar” los cerdos de cara a la tradicional y ya casi desaparecida matanza casera que se hacía antaño en Fontanarejo. Los cochinos se alimentaban, durante una buena parte del otoño-invierno, del fruto de las encinas que se les suministraban en los corrales de cada casa o bien de las bellotas que comían directamente en el campo. La piara de guarros salía cada mañana por los diversos parajes nuestro término municipal donde había muchísimos chaparros que ofrecían gran abundancia de comida en los meses finales del año. El encinar era un soporte fundamental y gratuito para alimentar a los cerdos.
El ritual se repetía a diario. El inconfundible “porquero” hacía sonar cada mañana una caracola avisando de que había llegado la hora de soltar los cochinos de la zahúrda para que salieran al campo. Y allí estaban los puercos todo el día, al aire libre, comiendo, entre otras cosas, muchas bellotas. El piarero, un oficio tradicional y presente en Fontanarejo hasta los años sesenta, se encargaba de vigilar durante toda la jornada a los animales y de llevar a los marranos por las zonas donde hubiera abundante comida y agua. La manada de gorrinos regresaba al atardecer y entraba en el casco urbano casi siempre a la carrera. Resultaba curioso ver cómo cada cerdo se dirigía con absoluta precisión hasta la casa de su dueño donde, si no estaba la puerta abierta, se encargaba de hociquearla para “avisar” de su presencia. La ruidosa piara de marranos entraba puntualmente cada tarde en el casco urbano e irrumpía la primera “inundando” las calles de animales, seguida de las yeguas, a continuación entraban las vacas y, finalmente, lo hacían las cabras. Precisa y preciosa secuencia lugareña que impregnaba los atardeceres de un auténtico sabor rural y de un singular costumbrismo ganadero.

“NO QUIERO BELLOTAS ROTAS”
Las bellotas protagonizaron también dichos y cantares populares en nuestro pueblo. Vaya este ejemplo de un cántico que se refería a las bellotas y que, a modo de villancico, se entonaba antaño en Fontanarejo cuando los chavales acudían hasta las casas de familiares y vecinos pidiendo el aguinaldo. La bulliciosa chiquillería hacía el recorrido cada 24 de diciembre al anochecer provista de zambombas artesanales y de panderetas. Llamaban a las puertas al grito de ..”¿Se canta o se reza?”, y tras entrar a la cocina cantaban villancicos o, si se había registrado algún óbito reciente en la familia, rezaban un Padrenuestro o un Avemaría. Muchas veces tras entonar el cántico navideño, se le daba a la “chiquillada” un puñado de bellotas o de castañas. En otras ocasiones se les obsequiaba con unos mantecados y, a veces, con chorizos o un poco de lomo. Pocas veces, o casi nunca, recibían dinero porque, entre otras cosas, escaseaba. Decía así el añejo villancico, un tanto exigente….. “No quiero bellotas rotas/ ni castañas con ventanas/quiero lomo y longaniza/ para almorzar por la mañana”.
Eran, sin duda, tiempos pretéritos en los que las bellotas formaban parte de un ancestral costumbrismo campesino en Fontanarejo que ha ido desapareciendo con el paso del tiempo.

Justo Muñoz

 
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MEDIO SIGLO DE UN TEJAR ARTESANO EN FONTANAREJO

5 10 2012

Ramona Castellanos Escribano cumple 91 años y ha dedicado parte de su vida a fabricar tejas, ladrillos y baldosas que lucen o cubren las viviendas de nuestro pueblo.

Justo Muñoz Fernández

Ramona Castellanos Escribano salta hoy la barrera de los noventa en su longeva vida. A sus 91 años, que estrenó la pasada media noche, sigue siendo una mujer activa, afable y cordial. La tía Ramona trabajó desde que era una niña en su tejar de Fontanarejo desde los años treinta del pasado siglo. Antes la familia, procedente de Miguelturra, había fabricado las tejas de manera intermitente en varias instalaciones alquiladas en el municipio. La producción quedó interrumpida al cesar su actividad alfarera en el año 1972. Ahora, ya jubilada desde hace años, Ramona dedica buena parte de su tiempo a tejer prendas artesanales para la familia y amistades con la técnica del punto con agujas, el ganchillo y el punto de cruz.

Rememorando los duros años en los que el tejar familiar estaba a pleno rendimiento, Ramona recuerda como el ciclo del trabajo anual se cerraba a finales del mes de septiembre y arrancaba en los meses de febrero y marzo, “meses en los que acarreábamos con los burros entre 500 o 600 cargas de leña para poder “alimentar” el horno en el que se cocían las tejas, los ladrillos y las baldosas. Yo ayudaba en esas tareas haciendo “lazos” de jara con el “garabato”. En el mes de abril iniciábamos los preparativos para elaborar las tejas: cavar la tierra, cernerla con la criba y el harnero y, después, echarla en una gran pila que teníamos junto a la higuera y que llenábamos a base de verter unos 50 cubos de agua que sacábamos del pozo. Una vez allí, se pisaba y amasaba toda la mezcla hasta tener una masa compacta. El siguiente paso era ir elaborando las tejas con un molde que llamábamos “galápago” y se iban colocando una a una todas en la era. Se trataba de un espacio totalmente llano, recubierto de ceniza y abierto, en el que se quedaban las tejas tiernas varios días hasta que se secaban antes de pasar al horno. Yo recuerdo, siendo una cría, que aprovechaba mientras se iban oreando para hacer ganchillo o punto. El problema llegaba cuando le daba por llover y el agua nos deshacía toda la “parva” de tejas”, indica Ramona con un recuerdo desolador.

Esta fontanarejeña va desgranando pausadamente como ponían a punto el horno en el que se colocaban por riguroso orden primero los ladrillos, luego las tejas y depués las baldosas. “La boca del horno se sellaba con adobes elaborados con barro y paja -explica explica con detalle esta artesana del barro- y allí se quedaban al menos una semana cociéndose lentamente. Durante todo ese tiempo la familia hacíamos guardia, por turnos, y nos turnábamos en la boquilla del horno atizando noche y día para que no bajara la temperatura”.

Una vez que “los tejeros” tenía listo el material, las baldosa, los ladrillos y las tejas se ponían a la venta. Una comercialización que, en no pocas ocasiones, se realizaba por el viejo y entrañable sistema del “trueque”. Es decir, muchas familias se llevaban los productos alfareros y los pagaban posteriormente con fanegas de trigo cuando se recogía el cereal en las eras, allá por los meses de julio y agosto.

El duro trabajo manual de pura alfarería artesanal se vio aliviado en el año 1962 cuándo la familia adquirió un motor que mecanizaba parte del proceso al tener molino, galletera y amasadora. Los trabajos, no obstante, seguían siendo duros y difíciles.

Han pasado los años y muchos tejados de las casas, las tenadas, los pajares y los corrales del municipio permanecen cubiertos por las miles de tejas que salieron en su día de la vieja fábrica artesanal de Ramona y su familia, hoy ya abandonadas y en desuso.  Son testigos mudos e impasibles de un tiempo pasado en el que el barro y la tierra eran el sustento para la mayoría de las familias de Fontanarejo.

Precisamente la Asociación “Amigos de las Luminarias” de Fontanarejo  reconoció hace tres años la trayectoria laboral, humana y artesanal de Ramona Castellanos a quien entregó el galardón “Romera Cencía”, un premio con el que la citada entidad distingue anualmente a entidades personas e instituciones. Se premiaba el perfil de una fontanarejeña enamorada de las tradiciones locales que cada año monta un singular altarcillo a la puerta de su casa para la procesión del Corpus, enciende una espléndida “luminaria” cada 30 de abril al atardecer o canta el mayo en la Cruz. Ramona Castellanos es una ciudadana cumplidora con el tiempo y con la historia que, cuando ya sube el primer peldaño de las escaleras del siglo, es un archivo viviente a la hora de recordar tiempos pasados de la historia, del costumbrismo y de la gastronomía local. Ramona, entre otras habilidades culinarias, ha hecho siempre una deliciosa “candelilla”, un singular dulce de la zona elaborado con miel y “pestiños”.

Esta nonagenaria emplea ahora su tiempo, en el día a día, confeccionando prendas y utensilios elaborados con hilo, con lana y con una gran maestría artesana. En su casa, donde vive con sus hijos Carmen e Inocente, luce muchas de estas obras y otras muchas que han viajado a Mallorca, donde vive otro hijo de Ramona. Se trata, sin duda, de una rica artesanía que, junto con los miles de tejas que techan decenas de construcciones en Fontanarejo, perpetuarán su memoria. !!Felicidades, tía Ramona!!





LOS GAÑANES: VIDA Y MIES EN LAS ERAS DE ANTAÑO EN FONTANAREJO

19 08 2012

Entre las extenuantes faenas de la era, todas de extrema dureza, sacar la mies aventajaba al resto con diferencia. La realizaban los gañanes, personas fuertes y jóvenes, generalmente los mozos de la familia.

Los gañanes dormían, por norma, en la era para cuidar la yunta. De madrugada, con la aparición de las Cabrillas en el cielo, salían con los carros: de vacas o de mulas camino del corte. Durante el trayecto, que duraba según la lejanía de aquel, el gañan dormitaba subido en su carro. Cuando llegaba al “piazo” (suerte), recogía los haces y cargaba el carro. Cansado y somnoliento volvía a la era guiando con maestría, “injá” (aguijada) al hombro, a su yunta por el polvoriento carril.

Era espectacular ver la llegada de las yuntas comidas de moscas, sudorosas y nobles. A paso lento, deshacían cansadas y anhelantes de rodeo la ruta de vuelta. Se formaban, a veces, hileras de varias decenas de carros, todos bien cargados y con los haces trabados por la llave y la maroma atada al torno del carro. Había, en ocasiones, un mensaje subliminal en los carros mejor cargados y con más vueltas (capas de haces superpuestos). Un escaparate donde exhibían sus capacidades, ante la amada o la familia de de la misma, los mozos en amores. Muchas veces esto salía mal, pues los carros cuanto más vueltas se cargaban más estabilidad perdían y, claro, se corría el riesgo de volcar. Cuando se producía un vuelco el protagonista sufría una pequeña “humillación”. Se decía que fulano había puesto un molino. En estas ocasiones, se mostraba la solidaridad entre la gente de Fontanarejo. El resto de gañanes ayudaban al “molinero” a poner en orden el desaguisado. Entre todos levantaban el carro volcado y le cargaban para sacar al protagonista de la estacada.

Llegado a su era, el gañán descargaba el carro y hacinaba los haces, daba de comer a su yunta y la cuidaba con esmero. Mientras la yunta comía, él almorzaba migas con chorizo, lomo, pimientos y arrope. Luego, se pertrechaba para repetir por la tarde la misma faena. Cumpliendo un ritual cotidiano untaba de sebo el eje del carro, mojaba el cubo de la rueda, ponía el horquillo, la maroma y las coyundas dentro de la caja del carro, y se abastecía de agua. Dejaba preparado todo lo imprescindible para afrontar con garantía la tarea vespertina.

A las doce de la mañana, si podía, dormía un rato a trompicones, como se decía, molestado por el vaivén de los “trillaores”, que en el lamentable estado que se encontraban, no discernían bien si incordiaban con sus visitas permanentes al sombraje. Este descanso no se producía todos los días, pues en ocasiones se tenía que aventar el grano y era necesario el trabajo de todos. Como es de suponer, el gañán participaba como otro más en las diversas faenas. No gozaba de ningún privilegio. Tras un pequeño descanso arrimaba el hombro ayudando a limpiar. Luego uncía la yunta y subía los costales a la casa.

Después de comer, sobre las tres y media de la tarde, con cuarenta grados centígrados o más, el gañán volvía a desplazarse nuevamente al acarreo de mies. Esto se repetía todos los días, mañana y tarde, mientras duraba la época de trilla. A la vuelta, le esperaba un buen gazpacho hecho a la antigua usanza.

Todos los que trabajaban en las tareas de la era esperaban la llegada de las Fiestas de Agosto como agua de mayo. Esto suponía estar cinco o seis días de descanso. Se olvidaban los trabajos. Las yuntas se echaban a la “vacá” (vacada) para tener menos preocupaciones y participar en la fiesta con plenitud. Era un alivio para los esforzados gañanes ¿Quizá podrían descansar? Pero eran mozos. Tenían que divertirse.

Los mozos y chavales iban a bañarse al charco la Olla o al de la Losa el día quince por la mañana, antes de la procesión, para quitarse el tamo.

Con la llegada de las fiestas, se estrenaban vestidos, camisas y pantalones, especialmente, el dieciséis de agosto, San Roque, día grande en Fontanarejo de los Montes. Se vivían las fiestas con entusiasmo y alegría. Los mozos y mozas no descansaban. Había múltiples actividades: baile (a mediodía, antes de cenar y a partir de la una de la madrugada), toros todos los días y otras actividades festivas como carrera de caballos, de burros, pedestres, etc. Los chavales y chavalas iniciaban sus pinitos en el baile verbenero. Participaban en las diversas actividades lúdicas: carreras de sacos, piñatas, etc. Y en ocasiones, pocas, con suerte hasta se cumplía la tan reiterada promesa de enseñarles la mesa del turrón.

Las personas mayores iban a las verbenas. Bailaban pasodobles con gran maestría. Se sentaban a tomar cerveza de barril fresquita, la que existía entonces, y a la que llamábamos “meao de burro” por la espuma que hacía. A los chavales nos daban a beber aquella gaseosa artesana que se hacía en nuestro pueblo, y de la cual tenemos tan grato recuerdo.

Pasadas las fiestas, vuelta al tajo. El gañán seguía con su actividad. Cuando terminaba de sacar la mies encerraba el grano y más tarde la paja, luego retiraba la pajaza de la era y la llevaba a la hoja de labor para quemar las matas de monte. Con esta acción terminaba el ciclo de tareas que llamábamos “hacer el verano”.

Estas estampas, de épocas no tan lejanas, a muchos les parecerán Prehistoria; pero son información para que los que no vivieron aquellos tiempos recuerden sus raíces.

 

ASOCIACIÓN “AMIGOS DE LAS LUMINARIAS DE FONTANAREJO”





FONTANAREJO VIVIÓ EL HALLAZGO DE UN YACIMIENTO DE FOSFATOS HACE AHORA 30 AÑOS

29 07 2012

LA NOTICIA, QUE SE CONOCIÓ A FINALES DE JULIO DE 1982, SALTÓ AL TELEDIARIO A LAS RADIOS Y A LOS PERIÓDICOS

Justo Muñoz Fernández

Corrían los últimos días de un tórrido mes de julio de 1982, hace ahora 30 años. Aquel era un verano en el que, entre otras cosas, España acogía el Campeonato Mundial de Fútbol que tuvo como mascota a “Naranjito” y que ganó Italia tras derrotar por 3-1 a Alemania Federal. Pues bien en los aménes de aquel caluroso mes saltaba a la primera página del telediario, de los periódicos y de los diarios hablados, una noticia que dio la vuelta al Planeta por la gran trascendencia y expectativas que generó desde el punto de vista estratégico y económico: un yacimiento de óxido fosfórico encontrado en el término municipal de Fontanarejo por el Instituto Geológico y Minero de España (IGME) podía suponer, a medio plazo, el fin del dominio de los Estados Unidos en el mercado mundial de los fosfatos.

Las crónicas periodísticas aseguraban durante aquéllos ajetreados días que el descubrimiento «ha llevado a que en las últimas semanas se hayan interesado por el hallazgo empresas, gobiernos, investigadores y técnicos de todo el mundo». Y no era para menos pues, al margen de la riqueza o no del yacimiento que aún estaba por determinar, el hallazgo suponía una gran novedad desde el punto de vista científico al encontrarse Óxido Fosfórico (P205) en un terreno perteneciente a la era del Paleozoico, concretamente al período Cámbrico. Expertos geólogos comentaron entonces a la agencia de noticias EFE que el hallazgo podía suponer “un cambio en la estructura mundial de los fosfatos, modificando la orientación de las investigaciones llevadas a cabo en todo el mundo en busca de fosforitas”.

El optimismo oficial ante la calidad de los fosfatos analizados era patente durante aquellas fechas pues se hablaba de un 25% en los análisis de las primeras muestras extraídas en las dos calicatas que se habían llevado a cabo por el IGME. No obstante el entonces director provincial del Ministerio de Industria se mostraba cauto en unas declaraciones a la agencia Europa Press, y pedía prudencia alegando que sólo se habían hecho un par de sondeos y aún quedaba por hacer mucho trabajo de laboratorio para, después, establecer la reserva del mineral, su riqueza y las posibilidades de extracción pues, según explicó, sólo si se tratara de un yacimiento de carácter fabuloso y enorme se estudiaría si merecería la pena poner en marcha en la zona una planta de extracción o bien transportar el material hasta las instalaciones de Ríotinto (Huelva).

Por su parte el presidente del Instituto Nacional de Investigaciones Agrarias, Gerardo García Fernández, declaraba a EFE que “El yacimiento de fosfatos, de confirmarse, podría acabar con la dependencia de un producto vital para nuestra agricultura. Existen pocos yacimientos de fosfatos en el mundo-añadió- y si a ello sumanos que es un producto vital para el desarrollo agrario, le convierten en un producto de primera necesidad”

El alcade de Fontanarejo por aquel entonces era Eloy Muñoz Martín, a quien llamaron los medios de comunicación de media España para recabar información sobre la recién descubierta “mina de fosfatos” y para hacerle entrevistas sobre la gran novedad que suponía el hallazgo. Eloy hizo frente con vitalidad y desenvoltura a semejante reto y acudió, como invitado, hasta los estudios de Radiotelevisión Española (RTVE) en Prado del Rey, en Madrid, para intervenir en uno de los programas de máxima audiencia donde fue entrevistado sobre el hallazgo minero y las expectativas que estaba generando. Hay que tener en cuenta que por aquél entonces la única televisión que existía en España era RTVE con sus dos canales, La 1 y la 2. El alcalde aprovechó su presencia en la televisión pública para hablar, además del importante hallazgo minero, de las necesidades que tenía nuestro pueblo desde el punto de vista de las infraestructuras, del trabajo y del desarrollo económico.

Muchos vecinos de Fontanarejo, que  en el año 1982 tenía una población de 600 habitantes y un censo de 45 parados, recuerdan aún aquéllos intensos días en los que el municipio fue noticia a nivel estatal y mundial. La prensa, que recogía en primera página el hallazgo de fosfatos en Fontanarejo junto a la designación de Miguel Muñoz como entrenador de la selección nacional de fútbol, se hacía eco de las declaraciones del alcalde, del vecindario y de los expertos en la materia. Los periódicos reseñaban, junto al hallazgo de fosforitas de Fontanarejo, el nuevo precio del pan que era de 9 pesetas la unidad de 80 gramos y de 8 pesetas para la se 67 gramos.

Los “mineros”, por su parte,  no paraban de trabajar en los parajes conocidos como “la morra de los Llanos” y “el Duraznal” donde tenían instaladas las plataformas desde las que llevaban a cabo los sondeos. Las muestras que iban sacando de las entrañas de las tierra fontanarejeñas las iban depositando, cuidadosamente datadas con la echa y el lugar de la extracción, en el antiguo lavadero de nuestro pueblo donde los técnicos del Instituto Geológico y Minero de España depositaban las cajas selladas con los datos del sondeo.

De  aquel sonado hallazgo nunca más se supo. La explotación minera finalmente no se llevó a cabo porque, al parecer y según se dijo por entonces, el fosfato descubierto era de buena calidad, pero la cantidad y el volumen no era tan cuantioso por lo que no merecía la pena poner en marcha una extracción que se hubiera tenido que llevar a cabo a cielo abierto y utilizando gran cantidad de agua, de la que la zona es deficitaria.

Por nuestro pueblo acudieron muchos curiosos atraídos por el impacto de unas noticias que generaron un gran revuelo en aquel agonizante mes de julio de 1982, hace ahora ya tres décadas.





LA ESTREMECEDORA NUBE DEL 28 DE AGOSTO DE 1952

4 09 2011

Una fuerte tormenta, acompañada de un viento huracanado, un intenso aguacero y un virulento pedrisco, asoló Fontanarejo hace ahora 59 años.

Un vecino, Trinidad Pavón, fue rescatado tras aplastarle un carro cargado de mies. El vendaval volcó carretas y aventadoras, se llevó tejas, dañó olivos, machacó melonares, mató aves y arrasó huertos.

Inscripción recordando el acontecimiento

Foto de la época en la que se ven los regatos hechos en la sierra

Tronco de olivo dañado por la nube

El Tío Trini

Justo Muñoz Fernández

Sucedió hace ahora 59 años. Un 28 de agosto de 1952 Fontanarejo vivió una estremecedora jornada de pánico e incertidumbre al desatarse una aparatosa tormenta en la que, tras obscurecer el cielo en pleno día, descargó un intenso vendaval que sembró el miedo y el desconcierto entre el vecindario. El fuerte aguacero, que duró a penas quince minutos, irrumpió acompañado de un virulento pedrisco y de un de fuerte viento que arrastró carros cargados de mies, volcó aventadoras/limpiadoras, levantó tejas, mató cientos de aves, destrozó olivos, arrasó huertas, machacó melonares y dañó considerablemente el arbolado y el monte autóctono allá por donde pasó. Un vecino del pueblo, Trinidad Pavón Fernández, quedó atrapado debajo de un carro cargado de haces de trigo y pudo ser rescatado cuando ya estaba casi asfixiado. Muchos fontanarejeños que vivieron tan fatídica jornada aún recuerdan la renombrada “nube del 28 de agosto” como “lo nunca visto”. Emiliana Muñoz García, la más anciana del pueblo que va camino de cumplir 101 años el próximo mes de noviembre, explica que “yo no recuerdo nada igual en mi vida como la que cayó aquel día en nuestro pueblo”. Una inscripción, grabada a mano en uno de los históricos corrales de ganado, recuerda la aciaga fecha:” 28.8.1952″.

Las gentes de Fontanarejo afrontaban aquella jornada, ya en los amenes del mes de agosto y pasadas las fiestas patronales, afanados en los duros trabajos en  las eras. Había sido un buen año de cosecha, de ahí que se prolongaran aún las tareas de la recolección. Los melonares y las huertas también presentaban un aspecto envidiable. Nadie hacía presagiar la que se avecinaba en lo meteorológico. Hay que tener en cuenta que por aquél entonces no existía la televisión, que llegó a España poco tiempo después, y, por lo tanto, la predicción del tiempo no estaba a la orden el día, como pasa hoy. Los pocos aparatos de radio que había en el pueblo se tenían más para escuchar el “parte” de Radio Nacional de España que para otros servicios en las ondas.

Cuentan paisanos nuestros que vivieron aquel episodio que “el día ennegreció de tal manera que se hizo como de noche”. Y, de repente, cayó una tromba de agua y pedrisco como nunca se había registrado en el lugar. Con tal fuerza y magnitud arreció la tromba y, sobre todo, el granizo que muchos troncos de olivos quedaron dañados a perpetuidad durante aquéllos “interminables y sobrecogedores minutos”.

Testigos directos relatan aún hoy detalles  de aquél “diluvio” que se les vino encima. “Las calles, las cunetas y los barrancos venían aventados de agua y lodos. Llovía con una intensidad desconocida, caía pedrisco, soplaba un viento descomunal. Daba mucho miedo”, comenta Teodora García Domínguez, una fontanarejeña, que tiene hoy 75 años, y que vivió aquel trance con tan solo 16 años de edad recordando que “trillábamos en las eras de abajo y el aire se llevó cuartillas, horcas y utensilios hasta el corral del tío Flores. Un melonar hermosísimo que teníamos en la Cuesta Mermeja lo destrozó por completo”.

El vendaval sopló con tal intensidad que se llevó por delante carros, utensilios, “sombrajes”, aventadoras, “chumbanos” y hacinas. “Nosotros teníamos cargado en la era un carro con seis vueltas de centeno y el ventisco lo arrastró un buen trecho hasta que, finalmente, no volcó por que se quedó aculado contra la pared”, comenta Virgilio Arias quien a sus 78 años años de edad revive aquélla fecha como algo insólito. “En la solana de la Hoya de la Mata el aire arrancó de cuajo un chaparro grandísimo que había en lo de Virginio, si no lo veo no lo creo”, comenta este fontanarejeño quien recuerda ver “volar escobas, rastros,” amontonadores”, horcas, bielgas etc. con el intensísimo aire”.

Vicente Muñoz Molina, otro fontanarejeño que acaba de cumplir 83 años, estaba guardando cabras aquel 28 de agosto. “Caían unos granizos como huevos de gallina y soplaba un “airazo” que se lo llevaba todo. Los regueros y arroyos iban desbordados y el agua arrastró tres cabras mías en el charco de Los Medranchones que se puso con una crecida que daba miedo. Yo no he visto nunca caer tanta agua ni tanta piedra en tan poco rato”, explica Vicente.

Paulina Muñoz Martín y Felipe Martín Fernández, un matrimonio que hoy tienen 75 ella y 80 años él, recuerdan perfectamente aquella inquietante jornada. “Las calles que bajaban desde la iglesia parroquial hasta el Moralillo desembocaban como un auténtico río”, comenta Paulina quien estaba en la fuente llenando unos cántaros de agua cuando se desató la tormenta “y a penas me dio tiempo para llegar hasta mi casa con el torrente de agua que empezó a caer”. Felipe recuerda como “una limpiadra que teníamos  en la era del tío Joselín se la llevó arrastra la ventolera hasta la calle y casi cae hasta un reguero próximo. Fue tremendo. Los abundantes melonares que había en la Calle Real y en todos esos “Praos” los agujereó y a los tres o cuatro días se pudrieron todos.Cientos de pájaros que se refugiaron en los olivos cercanos al pueblo murieron apedreados los animalillos”, explica Felipe.

Emiliana Muñoz García, con sus ciento y pico años de edad, recuerda perfectamente aquella fatídica jornada. “Yo misma vi como el agua sacaba del corral y se llevaba carretera abajo una vaca nuestra, que llamábamos “Gargantilla”, con su becerro hasta que, finalmente, pudieron sobrevivir ambos animales”, señala Emilia mientras sigue comentando como “en el bar de mi hermano Ignacio salían las sillas, las botellas y las cajas por la puerta hasta la calle empujadas por el agua que se metió en la casa y en el portal. El reguero del “Charquillo” iba pared con pared y el melonar que teníamos en Los Medranchones lo arrasó todo”, explica esta fontanarejeña centenaria.

El rescate de Trinidad Pavón

Pero lo más dramático y duro que se vivió durante aquella jornada agosteña fue el aplastamiento de un vecino que quedó sepultado debajo de un carro cargado de mies. Se trataba de Trinidad Pavón Fernández, un fontanarejeño que, como muchos otros, se encontraba en la era cuando se desató el vendaval. Según parece, la carreta de la que habitualmente tiraban dos hermosos toros, le cayó encima sin que estos estuvieran uncidos. La voz de alarma la dio Severiano, otro vecino del pueblo que trabajaba con él y que lanzó el S.O.S para que acudiera gente al rescate. Y hasta allí, a modo de 112 instantáneo y local, se desplazaron muchos vecinos que lograron levantar a pulso el carro y salvar a Trinidad. “Acudimos enseguida hasta la era del tío Trini para socorrerle”, relata Valentín Fernández Pavón, sobrino del accidentado quien hoy, a sus 88 años de edad, recuerda que “íbamos a carrera por las cercas que había junto a la carretera, que estaban “empedradas” de melones, pues ésta estaba absolutamente anegada de agua, como si fuera un río. Y ya nos encontramos con un grupo de vecinos que traían al tío Trini. Aquello parecía el Diluvio Universal. En la vida hemos visto nada igual en nuestro pueblo con aquélla furia con la que caía tanta agua, tanto viento y tanta piedra”, comenta.

Trinidad Pavón no ocultó nunca a sus convecinos que, en tan fatídicos instantes, se encomendó a la virgen de Guadalupe y que esta, según decía, le había salvado la vida. Así se lo hizo saber a cuantos le quisieron escuchar durante el resto de sus días. Al año siguiente acudió hasta el monasterio de Guadalupe con otros fontanarejeños. “Fuimos un montón de gente en un camión de los que se utilizaban para traer el abono y el tío Trini compró un cuadro con la Virgen que tuvo siempre colgado en su casa”, comenta Paulina quien relata con detalle aquél emotivo desplazamiento “en el que íbamos apiñados en el camión con nuestras alforjas para el viaje”.

A lo largo de los años, Trinidad Pavón Fernández solía desplazarse, a lomos de su caballo, cada 8 de septiembre hasta el monasterio de Guadalupe para entregar un donativo y comprar unas medallas con la imagen de la patrona de Extremadura que solía regalar a familiares y amigos mientras refería el terrible trance por el que pasó. En un muro que existe en el citado recinto monástico están recogidos una serie de duros y dramáticos sucesos, que tuvieron un final considerado milagroso, entre los que aparece el que le ocurrió a Trinidad Pavón,vecino de Fontanarejo de Los Montes, un 28 de agosto de 1952.

Tras la tempestad, llegó la calma y los de fontanarejo tuvieron que hacer frente a los numerosos daños y desperfectos ocasionados por la tremenda tormenta, además de recoger utensilios, aperos y trastos desparramados por todas partes durante los minutos que duró la tormenta. Hubo quien encontró la trilla en la era de al lado y hasta quien tuvo que “buscar” el carro con estacas a varios metros de donde lo había dejado. Por otro lado, algunos vecinos del pueblo llenaron espuertas y barreños con tordos, gorriones, tórtolas y perdices que mató el abultado pedrisco.

Aquélla jornada, tensa y dramática, se recuerda cada año en Fontanarejo como una día negro en el que no se explica como no se registraron más desgracias personales, salvo el gran susto que supuso el aplastamiento y posterior rescate del tío Trinidad que se saldó con un “milagro”, según el mismo refirió hasta su muerte.

 








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